Los números de 2010

Posted in Relatos con el brazo frío on enero 4, 2011 by antanasdrake

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Lugares de interés en 2010

Estas son las entradas y páginas con más visitas en 2010.

1

DECÁLOGO DE CHARLES BUKOWSKI PARA SER UN BUEN ESCRITOR noviembre, 2008
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2

DE ROLAS Y OTRAS EYACULACIONES DE TINTA AGUADA octubre, 2009

3

UN SUEÑO DE OPIO… julio, 2009
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4

DE CÓMO UN POLLITO ME VOLVIÓ ATEO… noviembre, 2008
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5

ARNO VERDUM octubre, 2009

A 4000 METROS SOBRE EL NIVEL DEL MAR SE LE VEN LAS ALPARGATAS A DIOS

Posted in Relatos con el brazo frío on diciembre 27, 2010 by antanasdrake

A 4000 mil metros de altura sobre el nivel del mar se le ven las alpargatas a Dios.

Se le ven cuando baja para ver qué tan descarriado sigue este rebaño de mineros idólatras que de puro rebeldes le ha entregado al diablo en bandeja de plata, no sólo el dominio de las húmedas minas de estaño sino que lo han adoptado como cachorro y compadre leal a la hora de las desgracias, del alcohol y de la coca.

Abandonados por este Dios que sólo viene a espiar y por los blancos que chupan la sangre de los cerros; con esos rituales de azufre, alcohol y coca el minero se entierra bajo la montaña para que cuando se muera a los 40 años, víctima del sílice de los socavones que le ha comido los pulmones, la muerte no le sea una extraña. El diablo vencido autoriza quién entra en la mina. Y el minero vencido se somete al que sabe más por viejo que por… Algún orden debe haber en un sitio donde la única guía es la de la dinamita y la única luz la de los carburos que llevan pegados al casco.

A 4000 metros de altura sobre el nivel de un mar que muchos aquí nunca van ver, estar vivo cuesta más. Desde Calama llego a Huanuni en un tren con vigor de vegetariano preguntándome qué mierda hago aquí. Llego en una locomotora cansada, algo renga, de 25 vagones de carga, con un vagón enganchado a la cola para llevar turistas muy locos o fugitivos que quieren pasar la frontera desapercibidos. Es un tren de carga y la carga incluye contrabando, dos inglesas que se adoran, un alemán con cara de asesino, dos chilenos buena onda, una colombiana que se ve más bella cuando ronca y yo, amparado en un libro con el Caribe de Carpentier, pero casi muerto de frío en la vida real lejos de ese Caribe y ya casi sin plata. ¿Por qué vine aquí? Al bajar del tren en Huanuni no sé si soy un turista, un loco o un perseguido. En la ruta desde Calama, hemos pasado varias  estaciones abandonadas, varios pueblitos fantasmas pelones en medio de la puna; este es la primero de carne y hueso en varios cientos de kilómetros. Todo oxidado, todo avejentado como en un documental. El aire helado baja dando gritos de guerra desde la cordillera de los Andes arrastrando en su andar piedra y paja brava. Baja y pasa a deguello a mis pulmones de llanero mediterráneo, jodidos por la sal del mar que dejé a mis espaldas y por la sequedad del altiplano que parece no haber cambiado de expresión facial en los últimos 20.000 años de historia. En Huanuni estoy de paso. En un bus tetánico y cumbiero, 25 kilómetros al Sur  de Huanuni, llego a Llallagua, un caserío de cuevas de barro en el que el varón del estaño, Simón Patiño descubrió la mina de más grande del mundo de aquel metal. La llamó: La Salvadora. Lo salvó a él del fracaso, pero mató a muchos otros desgraciados. Gracias a ella compró títulos nobiliarios en Europa para sus parientes indígenas, pero empobreció más a los indígenas que no eran sus parientes. El pueblito es gris, como hecho de polvo, con techos de zinc oxidados que arden de calor al mediodía y se resquebrajan de frío tras que cae la noche. Sus calles planísimas de este poblado que según Wikipedia tiene 30.000 habitantes son transitadas por comerciantes taciturnos y laboriosos que traen contrabando desde Chile a este  oasis de vida en medio de esas montañas donde habitan los espíritus sagrados de una raza doblegada por la fuerza y por el olvido. El bus en el que llego trae contrabando. El tren lo traía también junto a las inglesas, el alemán, la colombiana, los chilenos y yo.

Si Llallagua fuera un estado de ánimo, sería la tristeza absoluta. Ahí se respira historia, pero de la negra, de la vergonzante. Por la noche, con un frío que calcina la tierra no hace falta que cierre los ojos para oír el eco de los fusiles de la masacre de mineros en Uncía en 1923 y los de la masacre de San Juan en 1967 a la que sobrevivió Domitila Chungara y sobre la que escribió tanto Eduardo Galeano. Mineros revoltosos amigos del diablo ¿cuántas rebeliones han llevado adelante? Ganaron en la de 1952, pero perdieron en la de1967 cuando decían que se iban a ir a ayudar al Che en Ñancahuazú. Es cierto: “Sangre de minero, semilla é guerrillero”. “Con una vida así, ¿vos crees que le tenemos miedo a la muerte?”. El tipo que vende metalitos de colores a los grupos de gringos que pasean por el pueblo es elocuente. Su abuelo ha sido minero, su padre ha sido minero, su hermano mayor es minero, él espera para que el diablo levante el pulgar y lo deje entrar a la mina. Vida de mierda hija de puta.

Un borracho canta algo en quechua sentado en la plaza del pueblo, se queja como se queja el andino por una vida tan jodida al pie de la nada, sobre el metal precioso, bajo el poder de las armas de los otros. Doy un trago de alcohol puro para matar  el frío con ese fuego líquido que me corta el aire, me arde el labio partido y de golpe recuerdo un pasaje de Galeano cuando aquí mismo, en este pueblo tenebroso muchos años antes frente a un grupo de mineros que morirían jóvenes por el sílice de los socavones, les contó, porque le preguntaron, cómo era el mar. Les contó y para que le entiendan usó palabras que mojaron a los curiosos. Ahora lo sé, vine aquí, para recordar eso.

Carmelo Cuéllar…

Posted in POSIBLES ESCRITOS PARA LAS MEMORIAS on julio 25, 2010 by antanasdrake

Abrió los ojos de golpe a la mitad de la noche y se encontró con la mirada oscura del sargento Antonio Chory. El movima que había sido su mejor clase en la Guerra del Chaco, yacía de pie, mirándolo, apoyado ligeramente a la ventana del dormitorio como si estuviera muy cansado, a contraluz de los rayos de la luna que bañaban a una Montevideo sumergida en las aguas negras de un mal sueño.

Carmelo, dijo Chory con una voz que venía de lejos.

Carmelo, repitió eso que pese a llevar uniforme caqui con abarcas llenas de polvo del pasado, igual era una sombra que se fundía con las olas de la cortina movida por el viento…

El capitán Carmelo Cuéllar se incorporó de la cama empapado en un sudor que no parecía de angustia y se le quedó mirando a aquel visitante inesperado con el corazón agitado por algo peor que la tristeza. Pese a que había llorado muchas veces en los tiempos de la Guerra Grande, jamás se había dejado ver con nadie en esos menesteres, puesto que aquel era un íntimo rito de limpieza de su alma que él no podía darse el lujo de mostrarle a los demás. Pero este era el sargento Chory, beniano como él y con quien el capitán Cuéllar sentía que tenía una deuda.

Nadie nunca te sintió llegar, querido camba “pisablandito”, dijo Carmelo con una casi ternura contenida por la rudeza de su carácter, pero ya el sargento Chory se había ido. Carmelo se limpió una lágrima de hombre con el dorso de su mano morena de los hijos de Magdalena y entonces sintió un leve dolor en la cara. Estaba un poco hinchada, nada serio ni demasiado visible. Afuera, el Montevideo del exilio dormía con la boca abierta y un pie afuera de la manta de la noche. Amanecía sobre el Río de la Plata y Carmelo dijo entre dientes…

También amanece sobre Magdalena y Trinidad.

Trató de acomodarse nuevamente en la cama bajo el argumento inexpugnable de que debía descansar porque en unas horas más tendría el duelo de honor con ese irritable argentino y antiperonista, el tal doctor Sanmartino. Pero fiel a la energía interior que lo había convertido en una leyenda viviente como jefe militar y revolucionario a favor de los humildes, reflexionó para sus adentros: “dormir demasiado es el consuelo que les queda a los que no han vivido. Sé que la vida no me va a alcanzar para conseguir todo lo que he soñado, ¡pero es que he soñado tanto!…

Suspiró empapado en el sudor amargo de la melancolía y una avalancha de recuerdos desordenados le llenó la mente con habilidades de turbión. Pensó en las cosas que había soñado desde los años desolados de su huérfana infancia y se vio en Villamontes dirigiendo a los revolucionarios de Paz Estensoro rumbo a Tarija; se vio desnudo y feliz en su Magdalena verdísima y húmeda, cuya luz había sido la primera que sus ojos vieron. Un hormigueo le recorrió la espalda y de inmediato se vio también en Santa Cruz de la Sierra pasando clases en el Colegio Nacional Florida junto a sus compañeros de adolescencia y correrías, que después fueron sus camaradas en los días duros de esa infortunada guerra que aún retumbaba en su cabeza.

De golpe ese mosaico mental que mezclaba el pasado con el futuro se hizo pedazos cuando volvió a ver al Sargento Chory yendo otra vez con las manos vacías rumbo a Cabayo Cabuirenda, como aquella vez, allá en el infierno…Vio pasar de nuevo al sargento movima a través de la ventana de su cuarto montevideano rumbo a su destino, pero entonces Carmelo no sintió miedo, sintió algo peor.

¿Miedo? él había vencido el miedo desde los años remotos de su niñez, cuando a los 8 años, en su natal Magdalena perdió a su padre, Gonzalo Cuéllar, víctima de un mal que hoy con el avance de la ciencia llamaríamos cáncer. Su madre había muerto el mismo año pero de pura tristeza y él, el menor de seis hermanos, se había quedado casi sólo en el mundo… ¿miedo? Cuando alguien se queda huérfano a una edad en la que todo se ve en dimensiones gigantes sin que haya nadie que te dé una mano, no se tiene derecho a tener miedo.

No se tiene derecho a tener miedo… repitió Carmelo casi en un murmullo.

Se pasó la mano por un lado de la cara para limpiarse el sudor y redescubrió que la tenía un poco hinchada y adolorida, cubierta por una sensación de latente y húmedo calor. Nada grave, eso era el resultado del ataque más suave que había recibido en su vida.

De pantaloncillos y camiseta, el capitán  Cuéllar se levantó de la cama y caminó descalzo sobre el piso helado de su modesto departamento de exiliado hasta el escritorio iluminado por la luna que entraba a través de la ventana por donde nuevamente lo miraba Antonio Chory.

Carmelo, quiero a mi “muñeca”. Carmelo quiero irme a Yacuma. Carmelo, con unos diez como vos y otros diez como los Buschs y Bilbaos Riojas y Marzanas y un puñado más de cambas benianos, cruceños y del territorio de Colonias, hubiéramos ganado antes… Carmelo ¿por qué no puedo llevar a mi muñeca a lo de Cabayo Caiburenda? Total, sólo faltan dos horas para volver a casa…Yo, como vos, soy hombre de montes y ríos, este desierto nos está matando, Carmelo… decía el sargento movima con una voz que volaba cansada sobre el aire líquido de ese amanecer tan lejos de Magdalena.

Carmelo se contuvo para no llorar esas lágrimas de hombres que atravesaban el acero de su alma y de las que nacían quebrachos de piedra cuando tocaban el suelo. Como todo camba, Carmelo era un guerrero con corazón de poeta…

Descanse, soldado…dijo el capitán Cuéllar con la cabeza baja sobre el escritorio, decidido a no ver más a Antonio y empezó a escribir con esa letra menuda de las almas fuertes para que el sargento Chory comprenda por fin lo que había pasado aquel día remoto, allá, en lo del Cabayo Caiburenda…

“Antonio Chory, ‘el macho’, murió co­mo un pobre pajarito, cazado de un balazo. Por sólo un balazo. Oriundo de la pródiga provincia Yacuma, este hombre cayó el mismo día 14 de junio de 1935 a horas 10, vale decir, 2 horas antes de que se acabara esa infausta como estú­pida Guerra del Chaco. Yo había recibido orden estrictamente reservada de ocupar un lugar denominado “Cabayo Cabuirenda”, distante unos 6 ki­lometros de mi puesto de Comando, pero con la instrucción terminante de que no vaya yo personalmente y, en todo caso, que fuera un clase responsable, con la indicación de evitar choques con el enemigo. Era una misión delicada que le encomendé al Suboficial Alberto Bloomfield. El Sargento Chory pertenecía a esa sección. Dispuse que Chory no llevara su ametralladora semipesada que manajeba con mucha habilidad. Antonio era el prototipo de la nobleza de la raza movima. Adoraba su ametralladora, a la que le decía “mi muñeca”. Jugaba con ella en el combate, ya sea a caballo o a pie, la movía como si fuera realmente un juguete. Era un combatiente sereno, alegre y cauteloso a la vez. Era en verdad una leyenda. Murió sin “su muñeca”, que aquel día había dejado apesadumbrado por orden mía. Hasta hoy me remuerde la conciencia por haber cumplido esa orden, man­dando a uno de mis mejores clases a la muerte… Ocupado el puesto, Chory se adelantó, nadie sabe por qué, unos cien metros por el borde del camino hacia Guirapitindy. Una patrulla enemiga venía también para ocupar el mismo puesto, que ya era nuestro. No hubo choque, ni escaramuza, nada, fue sólo un tiro, uno solo entre los millones de tiros que hubo en esa guerra, y la patrulla paraguaya se replegó y no volvió nunca más. La guerra terminó a las 12 del día, dos horas después de “ese” tiro. Mi escuadrón aportó 5 kilometros más del “terreno de nadie”, para la coordena­da geográfica alcanzada por nuestro Ejército. Mi último puesto de Comando se bautizó con “Puesto Chory”. Antonio, ¿es que todavía no sabés que llevás muchos años de muerto?

Cuando Carmelo soltó la pluma, el espectro ya no estaba ahí. Era como si jugase a las escondidas, como si fuera y viniera a través del tiempo, a ratos caminando sobre el polvo rojo del Chaco rumbo a Cabayo Cabuirenda sin su “muñeca”, a ratos de pie sobre el suelo húmedo de Montevideo, mirando a su capitán con ojos de gente muerta, esperando que él dé la orden de volver a casa. Carmelo lo comprendió.

Sargento Chory, puede volver a casa, dijo Cuéllar y de inmediato el fantasma se diluyó en la neblina, pero dejó la ventana empañada con el vapor de su aliento helado.

A través de su ventana, el exiliado boliviano vio cómo el Uruguay se despertaba. Vio a los obreros que esperaban ya los buses para ir a las fábricas, cómo los vendedores de diarios abrían sus puestos, cómo el ferry que hacía el viaje de Montevideo a Buenos Aires se llenaba de gente que se protegía de la llovizna helada con paraguas negros. De golpe, sin saber por qué, el ex combatiente de Bolivia empezó a tararear el himno del Beni. Él estaba aquí, pero también allá…

“Si la ambición bastarda de un vecino

bajo el verde listón de mi bandera

humillar a mi patria pretendiera

iremos con orgullo a combatir”

Vaya himno guerrero el nuestro. Dá la talla de todos los hijos de esa gran madre verde, se dijo y su mirada se perdió en la línea del horizonte por donde emergía entre las aguas del Río de la Plata ese mismo sol que le había calentado la vida en las tierras de sus querencias. ¿Qué estaría pasando en ese mismo momento en Magdalena, en Trinidad o en Santa Cruz? ¿Por qué él, héroe nacional que siguiendo lo que decía su himno había combatido por una patria a la que no podía volver? Se pasó la mano por la cara que le dolía un poco. Ya no sudaba.

La política me llevó a la guerra, la política me llevó a este exilio…Aún así, la política debe servir, Víctor Paz no puede equivocarse. Él al igual que yo, o que Busch, fuimos soldados de Bolivia… La Standard Oil sigue marcando el rumbo de mi destino…Como entonces…

Y así había sido. Huérfano, luego de irse de Beni a Santa Cruz arreando vacas a los 8 años, había interrumpido su educación en el colegio Nacional Florida para irse al sur del país a ganar plata como perforista de la petrolera Standard Oil de Villamontes. ¿Era el destino que lo empujaba al Chaco para consagrarlo allí como una figura mítica pese a su origen humilde en el departamento más olvidado de la patria? Y sí, el destino.

Ya allí, dos razones dispares, pero igual de sagradas lo hicieron ir a por su libreta de servicio militar: la primera razón era el servicio a la patria…y la segunda: su deseo de acceder a mejores chicas. Era un mozo de 17 años sin hacienda ni apellido importante, pero quería comerse al mundo y su primer bocado lo dio al presentarse en el regimiento Loa de Villamontes. El pueblo que soportaría la peor batalla urbana de la guerra, ese día ardió por otra causa. Carmelo había llegado.

Ahí estuvo bajo el mando de Enrique Peñaranda, quien después con Busch le darían el golpe de Estado a Salamanca en plena guerra, a 300 metros de las líneas enemigas y luego, Peñaranda y Busch serían Presidentes de Bolivia. Con el capitán Ustarez Carmelo aprendió a explorar el Chaco y conoció a Busch en las jornadas negras de Boquerón, apenas unos días después de la heróica muerte de Ustarez tratando de romper el anillo de acero impuesto por Estigarribia. Y ya luego, al final de la contienda iniciada por las pugnas petroleras entre la Standard Oil y la Royal Dutch Shell, Busch lo llamó a La Paz porque ahí se necesitaba la fama de Cuéllar para hacer renunciar a la Presidencia a un testarudo y manipulador, a una calamidad soberbia que le costó tantas vidas al país. David Toro.

Firmá tu renuncia David, dijo Busch, camarada y compadre de Toro, a lo que el responsable del desastre de Picuiba, siempre soberbio por sus aires señoriales de caballero chuquisaqueño, contestó:

Germán, yo sé redactar, voy a escribir mi propia carta de renuncia

Entonces Busch hizo una señal y Carmelo Cuéllar y su fama apareció llenando con su presencia todo el Palacio Quemado. Ahí estaba el hombre que había aterrorizado con su nombre al enemigo guaraní. Su osadía y la radicalidad de acciones habían llegado hasta Asunción en donde le habían puesto precio a su cabeza. Cuando Toro vió a Carmelo, supo que Busch hablaba en serio…

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Toro, por supuesto lo conocía. Sabía que Carmelo era una leyenda chaqueña, había visto con sus propios ojos cómo la oficialidad guaraní minutos después de acabada la guerra le había entregado un cuero de urina con la leyenda que decía:  “Teniente Cuéllar, si alguna vez en su Patria olvidan los méritos ga­nados por usted en la Guerra del Chaco, el Paraguay, noble enemigo de ayer y amigo de hoy, no lo olvidará jamás” Toro no llegaría a saber que en 1958, cuando Carmelo visitó Paraguay en su calidad de diplomático, el dictador de ese país y ex combatiente del Chaco, Alfredo Stroessner, le oficializó el pergamino que sus camaradas de armas le habían entregado a Carmelo el día que acabó la guerra. Era un reconocimiento especial de la República del Paraguay a un soldado de Bolivia.

Tampoco supo que el presidente guaraní, Juan Carlos Wasmosy, hizo una pausa a su agenda oficial en 1994 y fue hasta Santa Cruz exclusivamente para estrecharle las manos a ese hombre del que en su país los excombatientes aún seguían hablando.

Toro no llegó a saber aquello, pero sí aquel día en el Palacio Quemado sabía que Cuéllar era el soldado más valioso que había tenido Bolivia en la guerra por su capacidad de mando y su habilidad casi sobrenatural de penetrar las líneas paraguayas por las noches e infundirles actos que bien podían enmarcarse en lo que después se llamó, Guerra Psicológica…Cortaba orejas para no tener que acarrear prisioneros, aterrorizaba al enemigo en su propia retaguardia. Era a ese hombre el que David Toro, tenía parado detrás de él ese 13 de julio de 1937.

-¿Así que no va firmar mi general? Le dijo Carmelo al presidente saliente en un tono que Toro Ruilova entendió a la perfección…y el todopoderoso David, pálido, sinténdose desarmado y pequeño frente a un gigante como aquel beniano que lo miraba con sus ojos de fuego, firmó su renuncia sin decir una palabra y se largó para siempre de la historia de Bolivia…

Pero el que se quedó en esa historia fue Carmelo. Ya como sub jefe de policia del presidente  Gualberto Villarroel (que había derrocado a Enrrique Peñaranda el 20 de diciembre de 1943), tuvo que valerse de tretas para salvar su vida tras el golpe apadrinado por las transnacionales que derribó a Villarroel (colgado por la turba en un faro de la plaza Murillo de La Paz) y encumbró en el poder a Nestor Guillén en 1946.

Carmelo estuvo escondido seis días en el antetecho del hotel París, de La Paz, hasta que disfrazado de campesino aimara logró refugiarse en la embajada de Argentina, país al que luego llegó como exiliado con Paz Estensoro.

En la guerra civil de 1949 penetró desde Argentina con las fuerzas revolucionarias del MNR contra el gobierno de Urriolagoitia y tomó Yacuiba y Villamontes. Marchaba hacia Tarija cuando la revuelta fue sofocada. Esa travesura le costó su asilo en Argentina, ya que por un conflicto diplomático entre este país y Bolivia (que exigía extraditarlo a La Paz) terminó en Montevideo. En la capital uruguaya era donde se encontraba este amenecer después de haber visto al sargento Chory a contraluz de la luna  en la ventana de su pieza.

-“Dormir demasiado es para los que no hay vivido y no tienen razones para estar despiertos”. Miró los libros que había conseguido en Buenos Aires tras su paso como oyente en la academia de Filosofía y Letras de la capital argentina. Sí, haría política, trabajaría por Bolivia, pero desde una trinchera ajena a la militar… En Montevideo Carmelo Cuéllar se preparaba intelectualmente para actuar desde el Poder Ejecutivo, desde el Parlamento, para ser diplomático, porque en definitiva el MNR iba a vencer ¿quién lo dudaba? ¿el doctor Sanmartino?…Y después, cuando quiera recogerse en su tierra natal, se dedicaría al periodismo y a la poesía. ¿Por qué no? Muchos años después, ya como prefecto del Beni en el último gobierno de Víctor Paz, recordaría estas reflexiones que ahora tenía en su departamento montevideano. Recordaría cómo es que una vez vitorioso el MNR había sido prefecto de Oruro, embajador en Paraguay, en Uruguay, recordaría su memorable reunión con el sencillo y a la vez brutal Mao Tse Tung en China; sus conversaciones vía intérprete con Krushev y Bresnev en la URSS como enviado del gobierno revolucionario de Paz Estensoro, mientras el tarijeñazo Víctor se reunía con el mismísimo Kennedy. Pero todo aquello aún no sucedía, todo se estaba cocinando en la gran olla del destino…

Se apoyó a la ventana con el día ya encima de la ciudad. Respiró hondo, Uruguay le había abierto los brazos… y por alguna extraña razón eso le hizo recordar el incidente con Sanmartino. Fiel a su arrebatada personalidad, de inmediato pensó en un pasaje de Cicerón en el que se hablaba sobre de que habría de cuidarse de aquellos que hacían la guerra preventiva predicando que los motivos eran la paz…

Un poema bien escrito, siempre será mejor que un balazo, se dijo y entonces alguien golpeó la puerta.

Carmelo se puso una bata, salió del dormitorio y pasó a la sala amoblada con un sofá bastante modesto, dos sillones y una mesa de reuniones con una banderita boliviana al centro, en las que se juntaban con otros exiliados para planificar el levantamiento que se avecinaba, ese previsto para abril de 1952.

Abrió la puerta.

Su camarada Inofuentes y otro boliviano más, vestidos de traje con sombreros colocados a lo guapo bonaerense lo miraban con cierta gravedad amistosa. Inofuentes, defensor de Boquerón con Marzana, le extendió el diario, él los recibió con palmaditas en los hombros y ambos hombres pasaron después de darle un  apretón de manos.

Vaya, estoy en el diario. Imposible pasar desapercibido en ninguna parte, bromeó Carmelo fiel a su talante de hombre oriental.

Sí, la prensa se ha hecho bastante eco te tu lío con Sanmartino… ese caballero fascista… dijo el otro.

-Pues vaya que el señor doctor en derecho había tenido un muy mal genio eh?

Sobre eso, te tenemos una noticia mala y la otra aún no sé si es buena o mala, dijo Inofuentes.

-¿Un café? ofreció el capitán, como si no hubiera escuchado nada.

-No, gracias…

Pues bien, porque ya no tengo… contestó Cuéllar, tratando de desinflar un poco el estress del momento.

Venga, dame la noticia mala,  remató Carmelo disimulando la impaciencia que le asomaba por los ojos.

Pues la mala es que el Comité decidió que el ofendido no fuiste vos, sino Sanmartino.

Eso significa que sí habrá duelo ¿eh? No hay diferencias si es contra un ejército o contra un hombre, uno siempre puede perder ¿será con pistolas? Dijo Cuéllar con un cierto gesto de complacencia, como quien habla de un asunto que le es muy familiar…

Propusimos el uso de pistolas, pero Sanmartino a sabiendas de que sos un soldado veterano de guerra condecorado en tu país, ha apelado a su condición de ofendido, optando por algo más de caballeros

Sables…dijo Carmelo mirando a sus padrinos de duelos con cierta indiferencia.

-Sí, sables. El señor doctor antiperonista al parecer se hizo pis…

El día anterior, Carmelo había estado en una librería buscando obras, siguiendo esa creciente ambición de entrar al terreno de la política con cierta ventaja intelectual, cuando el dueño de la tienda le presentó a un amigo y este a su vez le presentó a Sanmartino. Entonces el doctor y feroz antiperonista argentino también exiliado en Montevideo, le preguntó:

Por cierto, ¿usted es boliviano?

A lo que Cuéllar contestó que sí, que era boliviano y también el “fascista” al que Sanmartino había ofendido hacía cuatro años atrás desde el congreso argentino. Lo dijo en tono de ironía sin ánimo de desagravio, pero el señor doctor en derecho se alteró como buen porteño cascarrabias. Le gritó a Carmelo que era un imbécil y le soltó un puñetazo en la cara, al punto que los presentes en la librería intervinieron para frenar esa escena.

El capital Cuéllar derribado por el golpe en la cara se levantó muy calmado (la serenidad era la virtud que más apreciaba en los hombres), se acomodó el traje sin responder al ataque físico de aquel hombre no tan joven ya y le dijo a Sanmartino que enviaría a sus padrinos para el duelo de honor.

Sabía lo que era ese asunto de bestias que habíamos llamado guerra, ese altercado era apenas un asuntito entre dos hombres.

Inofuentes y el otro boliviano habían ido donde el ex legislador rioplatense y se habían reunido con sus padrinos de duelo, y entre los cuatro, habían elegido a un comité para puntualizar los pormenores de la situación. El comité definió que la ofensa verbal de Sanmartino en el congreso argentino contra Cuéllar y el MNR había ocurrido hacía tiempo y que en los hechos de la librería, el comentario de Cuéllar había desencadenado la reacción del argentino por lo cual el ofendido era este.

Eso acababa de contar Inofuentes a Carmelo.

El duelo es esta tarde, con abogados, médicos, autoridades de la ciudad, periodistas y una infinidad de curiosos.

Todo un show en el que dos caballeros se juegan la vida por su honor. Dijo Cuéllar.

Y sí, ya sabés que este país es la Inglaterra de Sudamérica.

A las tres de la tarde llegó Carmelo con sus dos padrinos al lugar del duelo. Todo estaba dispuesto. Se estableció que el combate fuera a cuatro asaltos durante dos minutos. Los médicos desinfectaron la punta de los sables. Y los metales chocaron por primera vez. Sanmartino era un hombre de familia descendiente de los fundadores de Argentina y sus conocimientos de la esgrima eran los que corresponden a un caballero. Mientras Carmelo andaba descalzo su niñez en Magdalena, este señor montaba ponys vestido como un Lord. Parlamentario, feroz opositor a Perón que lo había mandado a ese exilio montevideano, Sanmartino había visto a Carmelo Cuéllar y al MNR como la encarnación boliviana de su odiado peronismo. Por eso despotrincó contra Carmelo y el MNR en el Congreso de su país y por eso reaccionó así en la librería. Fue el primero en atacar.

En pleno combate, Carmelo vio a al sargento Chory entre la multitud y aquel descuido hizo que Sanmartino le hiriera la mano. Pararon el duelo y los médicos anunciaron que la herida había sido a primera sangre y se dio por finalizado el encuentro. Cuéllar y Sanmartino se dieron las manos y el árbitro dijo en voz alta.

Dos caballeros, señores.

Sí, dos caballeros. En la librería, Cuéllar no había agredido a Sanmartino y en el duelo, a sabiendas de que su adversario le llevaba varios años de ventaja había adoptado una posición de defensa. Ya habían muerto muchos…Ese día nadie tendría que morir.

Esa noche, en la soledad de su habitación montevideana se dejó llevar por el río de su extraordinaria memoria e hizo el repaso, uno a uno, de los hombres del Beni y de la Patria que dejaron sus huesos en el Chaco y llegó a la conlcusión de que había sido un hombre bendito por el destino.

Muchos años después, en el último gobierno de Paz Estensoro en 1985, como prefecto del Beni escribiría…

He llegado más allá de mis aspi­raciones, y por supuesto, mucho más lejos de mi propia capacidad. Que Dios me lo perdone. Soy un hombre agradecido con la vida. Recibí de ella todo cuanto me debió dar: penas y sufrimientos de toda clase. Supe también las veleidades que da el poder político. Disfruté de ale­grías y satisfacciones en la familia. Vida pletórica de aventuras y desbordes temperamentales. Pobreza que no llega a la miseria, sobrellevada con dignidad y señorío. A esta altura de mi vida puedo, pues, a­firmar que si me tocara morir este instante, lo haría dando gracias a Dios con el “schoropay schuré” de los itonamas, que quiere decir: “Dios te lo pague, Taita”.

En su habitación montevideana Carmelo, con la mano herida y las maletas listas para volver a Bolivia ese Abril de 1952, cerró los ojos aspirando el olor fresco del río dormido y soñó que su madre lo miraba orgullosa por la clase de hombre que había parido.

ARNO VERDUM

Posted in Relatos con el brazo frío on octubre 22, 2009 by antanasdrake

Escupió con rabia sobre un viejo rosal que había sembrado su madre en sus años de felicidad en esa casita rural y volvió a repetir entre dientes que la jubilación era una forma notariada de pre muerte física.

-Igual que un condón usado por la vida o una mascota que ya perdió su gracia…

Entonces su cara se congestionó de pura ira y maldijo a gritos a un avión y sus pasajeros que pasaban sobre Santa Rosa en ese momento. El viento de la selva batió las hojas de los antiquísimos mangos en los que él había jugado en los días de lluvias y la indignación por su carta de jubilación lo hizo retornar al viejo hábito del cigarrillo. Los había comprado ayer para probarse que era más fuerte que esa pequeña debilidad.

La carta de jubilación,  fría e impersonal que había recibido en su oficina hacía dos semanas, le parecía tan irrespetuosa que sentía a ratos que cedería la tentación de golpear a su jefe por habérsela mandado con un mensajero,  pese a que sus oficinas eran contiguas. Sintió ganas de encarar a quel hombre siempre pulcramente vestido, con manicura diaria y zapatos de charol con peinado tipo biblia. ¿Acaso no eran amigos de fútbol e hipódromo? ¿o lo estaban echando porque la secretaria demasiado bonita le llevaba al viejo Arno más café que a su propio jefe? ¿O lo echaban sólo porque el jefe era el hermano de Matilde? Sólo el diablo lo sabía.

Para no ceder a los accesos de ira que le habían hecho romperse las manos dos veces contra puertas y paredes, después de tomarse dos escoceses en un café del boulevard se cargó de una mochila y montado en su jeep dejó  la ciudad para quedarse en esa casita de madera en el lugar donde había sido feliz.

-Bizco hijo de puta, adicto al juego y maricón. No falté un solo día al trabajo en 31 años ¿y así es como me paga?

Volvió a pensar, mientras pasaba al galope una partida de caballos sobre la calle de pasto frente a sus ojos. Sintió la sangre removerle de su sitio el cerebro y la sudoración en la frente fue la señal inequívoca de que debía calmarse en serio. El karate, el box, el valetodo, nada había servido para que la paz llegue a su alma. Dio una bocanada del cigarro que le lastimó la garganta y su corazón se inundó de golpe con la misma sensación de desasosiego que sintió el día ya hacía algunos años en que su mujer, Matilde,  lo abandonó y sintió lo mismo cuando su hija se marchó para la universidad, un poco escapando de él y su manía de llenar con su presencia absolutamente todo.

Un pájaro cantó desde el lado por donde en su infancia oía pasar al ferrocarril y el viento húmedo del sur anunció una tormenta. Su vida presente se estaba acabando y los chicos con los que había crecido jugando a la pelota o yendo de pesca a los arroyos de aquel pueblo antaño de calles de tierra y lluvias primigenias, habían muerto o simplemente ya no se acordaban de él por causas naturales o pura conveniencia. No le importaba. En toda su vida él había querido ser el hombre de bien que su padre le había dicho que jamás sería.

-¿Qué podemos esperar de vos Arno? ¡Nada! No podés ser algo que yo no te puedo dar. ¿Leer? ¿leer? Aguantar el trabajo de un hombre de verdad en el campo es lo que deberías hacer… y luego el hombre se exaltaba hasta la violencia presa de un delirio alcohólico.

A sus 50 años, la edad había hecho pocos estragos en Arno, dado sus hábitos de dormir temprano y su típica  incapacidad de tolerar el alcohol. Le había crecido un poco la panza, tenía su cabello algo  gris, arrugas en los ojos y un registro médico ausente. Esas eran las huellas que habían dejado en él una vida llena de correcciones con las que aplacó  su alma de animal para ser un buen hombre de familia. En la juventud había combinado el ejercicio físico y las aventuras de viajes, acciones que fortalecían el cuerpo y la mente; pero que sin embargo deterioraron su matrimonio e incrementaron su fama de periodista. Todo hasta que Matilde se cansó de no tener marido y su jefe optó por acabar con el hombre que empezaba a hacerle sombra.

-Mañana me vuelvo a Santa Cruz, con la plata de la puta jubilación por fin compro un pasaje de avión y desde Madrid me voy hasta Moscú en ferrocarril, se dijo mirando el cielo encapotado a través de la carnosidad de su ojo derecho y los árboles de mangos excitados por la proximidad de la tormenta se estremecieron de golpe como si estuvieran vivos de verdad.

Entonces la casita de madera que habitaba en los terrenos que habían sido de su madre desprendió un olor a caoba que llenaba el interior de ese su refugio con techo de palma, una pequeña biblioteca, escritorio de caoba también y cama inmaculada desde hacía ya muchos años. En una casa de adobe que estaba levantada sobre el mismo lugar que la actual de madera, él había vivido muchos años atrás, hasta el día que escapó de su hogar para buscarse un futuro mejor y sólo volvió  algunos  años después, convertido en un periodista consumado, para el entierro de su madre. Aquella vez volvió con su esposa y con su hija pequeña y entonces él le dijo a su mujer que ése era el único lugar en el que había sido feliz.

-Voy a hacer ese condenado viaje a Europa y por lo menos lograré que me la chupe una holandesa… murmuró entre dientes, y de pronto, una sonrisa cómplice le llenó la boca por lo audaz de su ocurrencia. Entonces recordó a la tipa esa en aquella convención…Después de ese episodio con la mujer de la convención se sintió tan culpable con su esposa que  nunca más se le volvió a empinar con nadie más que no fuera ella, e incluso rechazó ofertas de potenciales amantes que lo admiraban por su trabajo y su extraordinaria habilidad “en el manejo del lenguaje”.  Antes de conocer  a Matilde –mientras esperaba una entrevista con el ministro padre de ella- él ya era un periodista nada santo cuyo “manejo del lenguaje” había sido extraordinario según decían algunas que lo habían querido atrapar, aunque también le reconocían que escribía muy bien.

Cuando la conoció a Matilde él  acalló su lado montés y se empecinó en la fidelidad, pero ahora su esposa lo había dejado para casarse con otro y sus planes a futuro sólo llegaban hasta su vuelta de Europa. O a lo mejor no, a lo mejor se quedaba de chulo en París o de vendedor de marihuana en el Parque del retiro de Madrid. El viejo Arno se divertía pensando en las formas en que un hombre de su edad se ganaría la vida en el lugar al que había soñado ir durante toda su vida.

Pensando en que siempre había perdido cuando había apostado todo para hacer lo correcto, se calzó sus botines de cazador, se puso un sucio overol de menonita sólo con calzoncillos debajo, se calzó en la cabeza un sombrero de raíz, con la punta de los dedos acarició la pequeña vaina de cuero que cargaba en el cinto y acompañado de un perro viejo que él había adoptado recién para que la soledad no le doliera tanto, salió de la quinta en ruinas a buscar una cantina bajo las primeras gotas de lluvia. Ya había fumado. Ahora iba a beber.

Bajo la luz ceniza de esa llovizna de invierno, el pueblo ya no era como lo recordaba. Había cambiado profundamente no sólo por la ausencia de los árboles de tamarindos que antes habían sido como espíritus protectores de las casas, sino que las calles de tierra que antaño soltaban aromas de siete colores en los días de lluvia, ahora tenían un insípido pavimento que le daba a todo un aire muerto de maldita ferretería. El viejo perro que él había bautizado “Puñalada”, lo adelantó con su andar torpe y sus sarnas al viento, olisqueó a un cerdo que dormía en una charca y éste lo atacó con furia, por lo que Puñalada corrió de nuevo detrás de Arno. El cerdo miró al hombre con furia, midió la situación en tres segundos  y luego plácidamente volvió a recostarse triunfante entre las fronteras de su reino.

-Sí, las cosas han cambiado…se dijo Arno.

Entró a una taberna que en sus tiempos de chiquillo había sido la tienda donde él iba a comprar el pan y los huevos cada mañana. En una esquina, un grupo de muchachos que bebían cerveza se echaron a reír por la forma en la que él estaba vestido, pero fingió  no importarle y sólo para sucumbir al deseo de una provocación se sentó en una mesa al lado de ellos.

El dependiente de la taberna, probablemente un abogado sin trabajo que había optado por sobrevivir de alguna manera en un pueblo como ese, se le acercó con cara de circunstancia y le dijo muerto de aburrimiento que en ese lugar no entraban animales. El viejo Arno miró a Puñalada que estaba echado bajo su silla mirándole a su vez con grandes ojos de hambre.

-¿Ah no entran animales?  -dijo-  ¿Y qué me dice de esos imbéciles que no paran de reírse?

El dependiente, más fastidiado aún, le dijo con mucha educación que el perro no podía estar ahí, de modo que el viejo Arno se levantó, miró con desprecio al maldito abogado desempleado, llamó a Puñalada con un sonido que hizo con la boca y se aprestaba a salir cuando el muchacho más estúpido de aquel grupo  (era el que se reía más) se le obstruyó el paso con una mirada de desafío que el viejo Arno casi agradeció. Los otros tres muchachos no paraban de reír.

-¿Así que somos animales eh? Dime, ¿cómo tratas a los animales? yo los trato así… dijo el muchacho estúpido con musculosa, camisa de franela a cuadros, jeans  y unas botas texanas con punta de metal y entonces soltó tremenda patada a un pobre Puñalada sorprendido que fue a estrellarse contra la pared soltando un gemido desgarrado que le hubiera partido el alma a cualquiera que no haya estado bajo el encanto de esa escena casi surreal. El perro vivió tres segundos más, sus estertores terminaron antes de que su sangre le empezara a brotar por el hocico.

Arno tenía serios problemas de ira, pero claro, eso el hijo del Alcalde no lo sabía. El viejo levantó al muchacho por el cuello con una sola mano y lo estrelló contra una mesa que se hizo pedazos bajo ese montón de carne sin voluntad. Y antes de que el gandalla o sus amigos, o el abogado desempleado, pudieran hacer algo, el viejo levantó el cuerpo de Puñalada por las patas traseras y golpeó con él  la cara del chico hasta que éste sintió cómo la sangre del perro le entraba por la boca y los dientes del animal muerto le cortaban la cara y la cabeza en casi un acto de venganza.  Arno se detuvo, estrelló al perro contra la mesa de los otros tres muchachos pálidos de terror y volvió donde estaba el hijo del alcalde tratando de balbucear algo, quizá intentando pedir ayuda o sólo pretendiendo llorar. El viejo se montó a horcajadas sobre el pecho del chico y abrió como un rayo la vaina de cuero que llevaba en el cinto, sacó un cuchillo de hueso que le había regalado una tribu chiriguana, se lo metió a la boca al muchacho ya cagado en los pantalones y de un solo tajo le cortó el carrillo derecho hasta la oreja. Entonces se le acercó casi a la altura de los ojos con la cara empapada en sudor, temblando de algo peor que la rabia y con una voz que no era de este mundo le dijo.

-Así trato a los animales.

Se sintió extrañamente liberado cuando vio los ojos extraviados de terror de ese riquillo estúpido, como si en su interior se hubiera abierto una jaula; casi sonrió cuando montó en el Jeep con el cadáver del perro y bajo la lluvia dejó el pueblo llevándose por delante una barrera de control de Tránsito sólo porque no le dio la gana de detenerse.

En media hora estuvo en la ciudad, tomó su pasaporte, su dinero, golpeó a un vecino que le había caído muy mal desde siempre  y se fue hasta el aeropuerto donde la burocracia del Estado jugó a su favor  porque nadie intentó detenerlo. Desde la ventanilla del avión le enseñó el dedo medio a su pasado y se sintió como si hubiera vuelto a tener 20 años.

Desde Amsterdam llamó a su hija en la Universidad y ella, notoriamente alterada, le dijo que su foto estaba en todos los noticiarios y periódicos acusado del intento de asesinato de un pobre muchacho en Santa Rosa por motivos aparentemente pasionales o quizá político. Aflijida, su hija le contó que Matilde ya le tenía listo a un buen abogado, que su anterior jefe lo estaba difamando por todos los medios  y que la TV no paraba de hostigarlas a ella y a Matilde para preguntarles si finalmente el gran Arno Verdum se había vuelto loco…

Él pareció no escucharla y sólo atinó de decir con una voz en la que se adivinaba una sonrisa de complicidad y algo de marihuana:

-No sabés lo que me acaba de pasar con una holandesa…

EL COLMO DE LA INFAMIA

Posted in Uncategorized on agosto 22, 2009 by antanasdrake

Llevábamos varios meses en la redacción y no éramos amigos. Hasta que un libro de García Márquez, de tapa de color hueso, nos dio motivos para empezar una amistad que se alimentó por el interés de cazar historias y escribirlas a cuatro manos, recrear los viajes de Hemingway y soñar con toparnos con coberturas periodísticas como aquellas en las que Kapuscinsky le encontraba sentido a su vida en un montón de guerras y revoluciones armado con su libretita de reportero razo, y Truman Capote le sacaba verdades a esos muchachos que sembraron el terror en un pueblito de Kansas. Fue en esas tertulias nocturnas de su casa, y sumergidos con la embriaguez de un vino barato, que Darwin Pinto Cascán me fue revelando sus cuentos infames que ahora están registrados en un libro cuidadosamente impreso por editorial La Hoguera.

ROBERTO NAVIAA la orilla del fin del mundo

UN SUEÑO DE OPIO…

Posted in RELATOS CON BRAZO FRIO on julio 27, 2009 by antanasdrake

El mundo se hizo pedazos sobre su cabeza después de “aquello”, pero él no se dio cuenta hasta que esa explosión caliente en su cerebro le apagó la luz. Tal vez ni en ese momento se dio cuenta…

 No se dio cuenta ni siquiera unas horas antes de que la autoridad llegara a avalar la orden del tribunal local que lo condenaba a muerte junto a esos otros tres delincuentes que estaban golpeados y heridos en la celda junto él. No se arrepentía, volvería a hacer “aquello” aun cuando los demás creyeran que él debía pagar con su vida por lo que había hecho. Las leyes funcionaban mal y a él no le importaba. 

– Mi ley soy yo…

Con el cuerpo magullado por los métodos brutales que habían usado para detenerlo pensó con rabia que el arrepentimiento era una cosa de cobardes y que un hombre como él  no podía darse el lujo de la debilidad. Lo que su mano hacía, lo aprobaba su razón y le importaba un diablo que eso ahora le vaya a costar la vida.

 

-¿Cómo es un hombre como vos? Le había preguntado después del amor una ex novia demasiado lista que así pretendía pasar la barrera emocional que él siempre había puesto en sus relaciones. Quería conocerlo para descubrir ese misterio que la había atraído hasta ese hombre que por alguna razón tenía que mudarse de departamento y de ciudad cada cierto tiempo, huyendo o persiguiendo a algo o a alguien.

-En tus ojos no se puede leer lo que estás pensando…

Él, desnudo, mirando un encuentro de fútbol por la Tv en el departamento que compartían, le había contestado sin mirarle: Un hombre como yo es alguien capaz de hacerte hacerme una pregunta como esa, niña lista…y luego había hecho como si ella hubiese dejado de existir y ella no había tenido ningún problema en hacer sus maletas y largarse para siempre, como las otras.

 

– ¡Eh carcelero¡ los que vamos a morir merecemos un cigarrillo; gritó con su vozarrón desafiante de irlandés borracho y el guardia del pasillo de la muerte en esa prisión de Texas le contestó dando un macanazo en sus barrotes, tan fuerte que resonó como un tiro en la oscuridad del pasillo de los condenados a la silla eléctrica.

 

En unas horas el procurador llegaría a la ciudad para dar los resultados de las apelaciones que aquella novia lista había presentado en su favor nomás para demostrarle lo estúpido que había sido por dejarla ir. Cuando supo de aquello, él pidió con desdén un cigarrillo al abogado que ella le había mandado y dijo que no se defendería, pero en su interior sintió que algo en el pecho se le contrajo con dolor y a los cinco segundos ya lo había olvidado.

 De modo que a él y a los otros los sacarían con la cara al sol para ser ejecutados en plaza pública (púdica, púbica), delante de cientos de personas que desde hacía una semana llevaban fuera de la prisión haciendo vigilia para satisfacer ese delicioso morbo interior de ver morir a los demás. Para vivir ese gozo íntimo, ese vacío en la panza que se siente cuando alguien que se vio vivo, de pronto ya no lo está. Era como las multitudes frente a la guillotina, frente a las horcas, frente a los pelotones de fusilamientos… Los campamentos de las cadenas de TV estaban montados, esperando el gran show propuesto por un gobernador que aspiraba a Presidente con la premisa de que con ejecuciones públicas se iban a sentar precedentes “para que los delincuentes se lo piensen dos veces antes de hacer sus fechorías”.

Los directivos de los grandes medios se masturbaban de felicidad en sus rascacielos, las industrias pagaban millones por tener publicidad en la hora de las ejecuciones, las modelos en ascenso se sacaban fotos para sus books junto a los condenados porque para ellas eso era “chic”; se imprimían camisetas que decían: “Yo estuve en la primera ejecución pública del siglo 21”, “Yo conocí al primer ejecutado cuando aún era decente” o “Cuidado chicos malos, la parrilla los espera” e incluso salían avisos pagados que decían: “Las ejecuciones son un derecho humano para mantener a salvo a la comunidad. Denuncie a su vecino si sospecha de él”…

 

– Tranquilo amigo, mañana ya no tendrás ganas de fumar, te van a freír; remató el guardia con la sorna propia de los que fueron niños abusivos de los demás y se alejó con ese cadencioso paso de vaquero que aparenta tenerla grande. Se alejó silbando una canción que había estado de moda en los antros gay de Houston a principio de los 80. Al menos eso pensó el condenado sobre la canción que silbaba el guardia y aferrado a las rejas trató de sonreír sin saber por qué, pero los músculos de su cara estaban tan apaleados al igual que los del resto del cuerpo que cayó de rodillas. Pese al dolor, se quedó riendo un rato en la oscuridad de la celda como si fuera un loco o alguien que había recordado un muy buen chiste. Los otros tres condenados que compartían con él la celda lo miraban desde las sombras. Uno parecía orar y los otros dos cuchicheaban por lo bajo. El condenado 2278 tosió y escupió sangre y entonces una riña entre presos estalló en la celda de enfrente. Él no levantó la cabeza.

 

El que estaba en la celda y que parecía orar, desde el rincón oscuro en el que estaba dijo con una voz que parecía de alguien que había perdonado a los demás y a sí mismo.

-Buena cosa es el arrepentimiento…

-Vete a la mierda, le contestó él de modo casi automático y con algo de odio, pero al instante se tranquilizó un poco al recordar que el que acababa de hablar en verdad había recibido una tortura propia del peor asesino del mundo. Él lo había visto entrar a la celda con la espalda destruida a azotes.

-Qué habrá hecho, se preguntó mientras sentía contracciones en el estómago y volvió a escupir con sangre.

 

Los soldados que habían detenido al soldado 2278 hacía apenas tres días, le habían roto las costillas a culatazos, lo habían arrastrado por los cabellos en delante de los demás camaradas que aguantaban la posición de Villamontes ante el ataque de infantería paraguaya, lo habían paseado por las calles de tierra del pueblo aterrorizado con una soga al cuello como si fuera un animal y le habían escrito con carbón en la frente un ya ilegible letrerito diluido por efectos del sudor y la tierra.

 

Después, los guerreros aztecas lo lanzaron casi muerto hasta esa cuevita hedionda a mierda donde luego éstos llevaron a los demás prisioneros tlaxaltecas atrapados en la batalla. Allí los acuchillaron con sus puñales de obsidiana sobre negros altares hediondos a muerte. Al principio él pensó que aquello era una tortura psicológica contra el guerrero vencido, pero luego descubrió que era un morboso ritual de guerra de esos caníbales de mierda. Los amarraban de pies y manos y delante de los prisioneros, (cuyas vidas se definirían en unas horas más con la llegada de la autoridad) les abrían el pecho a sus víctimas vivas con los puñales de obsidiana, le arrancaban el corazón con sus negras garras y se lo comían para adquirir la fuerza y el valor del vencido.

-No debo ser tan valiente. No me han matado entre los primeros y debo esperar a que venga este supremo del que hablan… dijo ofendido, pero después se dio cuenta de que aún estaba vivo, se dio cuenta que la muerte rondaba a su alrededor y amenazaba con hacerles pedazos el mundo sobre su cabeza, pero que él aún tenía una oportunidad.

 

-¡Que me traigas un maldito cigarro¡ volvió a gritar con todas sus fuerzas empapando sus labios con su propia sangre oscura, pero ya era noche cerrada en esa selva habitada de mosquitos y murmullos. Los sacrificios se reiniciarían otra vez por la mañana. Los tres aztecas con pinturas de guerra que vigilaban la cueva hedionda a mierda de los prisioneros se miraron entre sí sin comprenderlo al oír aquel grito. El gruñido de un jaguar y el ruido de movimientos violentos del depredador y su presa entre el follaje a unos metros del campamento, fue todo lo que se oyó después. Los guerreros se asustaron. El olor de los sacrificios empezaba a atraer a las fieras. Había que alimentar más el fuego. El condenado miró a los otros tres tlaxaltecas que estaban atrapados con él en la cueva y sólo vio sus siluetas recortadas contra la pared oscura, sentados, dormidos, resignados a morir en la piedra, bajo la piedra. Él se dijo: Yo no voy a morir aquí. Un hombre como yo no va a morir así…Amanecía cuando se durmió apoyado a la puerta de maderas de su encierro.

 

Una patada en las costillas rotas lo despertó con un gemido de animal. Enceguecido por el sol de ya casi  mediodía fue arrastrado por las calles de arena entre un gentío que se arremolinaba en torno a la plaza pública y en medio del bullicio y de su ceguera pensó:

-Ha llegado la autoridad… y luego repitió lo que había pensando, ya sin los dientes de delante de la boca que habían quedado en la celda tras la segunda patada. Entonces empezó a reír orgulloso de no arrepentirse de nada, era feliz por ser diferente a los demás, que para burlarse de él desde el lado de los inocentes, habían tenido que someterse a las leyes, habían tenido que someter la autoridad de su propia voluntad a las leyes escritas por otros…

 

-Esclavos, sucios esclavos… se dijo mientras el populacho lo zarandeaba como a un costal de papas y avanzaba arrastrado por los guardias hasta la tribuna que se alzaba al centro de la plaza. Luego, en un parpadeo  todo se calmó. Se hizo el silencio en el mundo cuando la autoridad apareció en la tribuna ante la plebe que no podía perderse un espectáculo así por más que el sol se les esté derritiendo como plomo fundido sobre sus cabezas.

-Esclavos, sucios esclavos…

La multitud quedó expectante, con la boca abierta, conteniendo el aliento. El condenado abrió un poco los ojos que ya se acostumbraban a los cuchillos del sol y al polvo que levantaba la muchedumbre y entonces vio a uno de los hombres que había estado en el cautiverio con él. Era aquel que había dicho que arrepentirse era buena cosa. Estaba de pie, golpeado, cabizbajo, difícilmente erecto ante Pilatos, mientras la gente empezaba a gritar algo que el condenado no entendía, ya sea por los golpes o porque cada nervio del cuerpo le pedía a gritos un maldito cigarro y en represalia le saboteaba los sentidos.

-Mi nombre, gritan mi nombre…

Dijo el condenado y las voces retumbaban en su cabeza: Liberad, liberadlo, queremos a… gritaba la gente en la plaza entre el polvo y el sol, y él se sintió feliz un poco hasta que el ruido de su nombre fue creciendo como si fuera un monstruo mitológico y lo sintió cada vez más cerca, hasta que su nombre fue de metal y sintió que se lo pusieron sobre la cabeza. Entonces su sobresalto casi de gato fue detenido por las amarras de los brazos y los pies. Abrió los ojos desmesuradamente y vio a esa gente sentada frente a él, gritándole con odio algo que él ya no pudo comprender y vio llorando entre la multitud a la chica que había sido la única que lo amó y recordó la pregunta…

-¿Cómo es un hombre como vos?…

Y luego a ese policía bajando una palanca y ese ardor primero en el cerebro y después ya nada.

 

 

ESTELA

Posted in RELATOS CON BRAZO FRIO on abril 9, 2009 by antanasdrake

Otra explosión de vómito rosa lo despertó sobresaltado casi al amanecer. Apretó los dientes para evitar la catástrofe enzimática sobre su cama para uno y tropezando en la oscuridad como si peleara con los muebles se aferró al retrete con la avidez de un náufrago sin manos.

Se tocó la frente blanca y la halló empapada por un calor líquido que no era el de ese verano infernal y entonces sintió  el precipicio de la nausea dando bocanadas de bestia bajo las alas rotas de sus pies. 

-Mierda… Dijo sin convicción, casi como si esa palabra fuera un golpe en la nada para defenderse de un ataque invisible.  

Se vistió con la torpeza de un condenado a muerte y con las manos en estado de convulsión ganó la calle cubierta por ese velo indefinible que envuelve al mundo un minuto antes de la llegada del día.

Entonces algo como un yunque lo volvió a golpear en el estómago y se tuvo que sostener la nariz con ambas manos para evitar que el dolor se le desbordara por ahí de nuevo.

-Mierda... Volvió a decir, agonizando dos veces en la espera de un taxi, mientras un niño que dormía envuelto en un cartón, cagado de miedo se despertaba en el mundo sepia que le dejaba ver la clefa. 

Llegó a emergencias del sanatorio y la mujer con modos de funcionaria pública que atendía en el mostrador oloroso a antiséptico  lo reconoció con un gesto de fastidio y no se tomó el trabajo de tomarle los datos que ya conocía de memoria. 

-Pase, el doctor está disponible. 

Sosteniéndose la barriga caminó por el pasillo de color indefinible y enfermos casi de muerte suspendieron sus monólogos y recuentos para ver si merecían el cielo o el otro barrio y le clavaron en el cuerpo el mal olor de sus ojos amarillos.

Él deseó la protección de sus párpados mientras caminaba por el pasillo interminable hasta que la rolliza mano del médico lo aferró por el brazo y lo derrumbó en la sillita blanca de los pacientes. Malhumorado por verlo de nuevo bajo esa nube azul de su propio patetismo, el médico gordo, calvo y sabio, le preguntó de quién estaba enfermo esta vez.

Con la voz fracturada aún por el hálito a vómito que aún seguía pegado a él con la inquina de una ofensa dijo.

-Otra vez, de Estela… 

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