A 4000 mil metros de altura sobre el nivel del mar se le ven las alpargatas a Dios.
Se le ven cuando baja para ver qué tan descarriado sigue este rebaño de mineros idólatras que de puro rebeldes le ha entregado al diablo en bandeja de plata, no sólo el dominio de las húmedas minas de estaño sino que lo han adoptado como cachorro y compadre leal a la hora de las desgracias, del alcohol y de la coca.
Abandonados por este Dios que sólo viene a espiar y por los blancos que chupan la sangre de los cerros; con esos rituales de azufre, alcohol y coca el minero se entierra bajo la montaña para que cuando se muera a los 40 años, víctima del sílice de los socavones que le ha comido los pulmones, la muerte no le sea una extraña. El diablo vencido autoriza quién entra en la mina. Y el minero vencido se somete al que sabe más por viejo que por… Algún orden debe haber en un sitio donde la única guía es la de la dinamita y la única luz la de los carburos que llevan pegados al casco.
A 4000 metros de altura sobre el nivel de un mar que muchos aquí nunca van ver, estar vivo cuesta más. Desde Calama llego a Huanuni en un tren con vigor de vegetariano preguntándome qué mierda hago aquí. Llego en una locomotora cansada, algo renga, de 25 vagones de carga, con un vagón enganchado a la cola para llevar turistas muy locos o fugitivos que quieren pasar la frontera desapercibidos. Es un tren de carga y la carga incluye contrabando, dos inglesas que se adoran, un alemán con cara de asesino, dos chilenos buena onda, una colombiana que se ve más bella cuando ronca y yo, amparado en un libro con el Caribe de Carpentier, pero casi muerto de frío en la vida real lejos de ese Caribe y ya casi sin plata. ¿Por qué vine aquí? Al bajar del tren en Huanuni no sé si soy un turista, un loco o un perseguido. En la ruta desde Calama, hemos pasado varias estaciones abandonadas, varios pueblitos fantasmas pelones en medio de la puna; este es la primero de carne y hueso en varios cientos de kilómetros. Todo oxidado, todo avejentado como en un documental. El aire helado baja dando gritos de guerra desde la cordillera de los Andes arrastrando en su andar piedra y paja brava. Baja y pasa a deguello a mis pulmones de llanero mediterráneo, jodidos por la sal del mar que dejé a mis espaldas y por la sequedad del altiplano que parece no haber cambiado de expresión facial en los últimos 20.000 años de historia. En Huanuni estoy de paso. En un bus tetánico y cumbiero, 25 kilómetros al Sur de Huanuni, llego a Llallagua, un caserío de cuevas de barro en el que el varón del estaño, Simón Patiño descubrió la mina de más grande del mundo de aquel metal. La llamó: La Salvadora. Lo salvó a él del fracaso, pero mató a muchos otros desgraciados. Gracias a ella compró títulos nobiliarios en Europa para sus parientes indígenas, pero empobreció más a los indígenas que no eran sus parientes. El pueblito es gris, como hecho de polvo, con techos de zinc oxidados que arden de calor al mediodía y se resquebrajan de frío tras que cae la noche. Sus calles planísimas de este poblado que según Wikipedia tiene 30.000 habitantes son transitadas por comerciantes taciturnos y laboriosos que traen contrabando desde Chile a este oasis de vida en medio de esas montañas donde habitan los espíritus sagrados de una raza doblegada por la fuerza y por el olvido. El bus en el que llego trae contrabando. El tren lo traía también junto a las inglesas, el alemán, la colombiana, los chilenos y yo.
Si Llallagua fuera un estado de ánimo, sería la tristeza absoluta. Ahí se respira historia, pero de la negra, de la vergonzante. Por la noche, con un frío que calcina la tierra no hace falta que cierre los ojos para oír el eco de los fusiles de la masacre de mineros en Uncía en 1923 y los de la masacre de San Juan en 1967 a la que sobrevivió Domitila Chungara y sobre la que escribió tanto Eduardo Galeano. Mineros revoltosos amigos del diablo ¿cuántas rebeliones han llevado adelante? Ganaron en la de 1952, pero perdieron en la de1967 cuando decían que se iban a ir a ayudar al Che en Ñancahuazú. Es cierto: “Sangre de minero, semilla é guerrillero”. “Con una vida así, ¿vos crees que le tenemos miedo a la muerte?”. El tipo que vende metalitos de colores a los grupos de gringos que pasean por el pueblo es elocuente. Su abuelo ha sido minero, su padre ha sido minero, su hermano mayor es minero, él espera para que el diablo levante el pulgar y lo deje entrar a la mina. Vida de mierda hija de puta.
Un borracho canta algo en quechua sentado en la plaza del pueblo, se queja como se queja el andino por una vida tan jodida al pie de la nada, sobre el metal precioso, bajo el poder de las armas de los otros. Doy un trago de alcohol puro para matar el frío con ese fuego líquido que me corta el aire, me arde el labio partido y de golpe recuerdo un pasaje de Galeano cuando aquí mismo, en este pueblo tenebroso muchos años antes frente a un grupo de mineros que morirían jóvenes por el sílice de los socavones, les contó, porque le preguntaron, cómo era el mar. Les contó y para que le entiendan usó palabras que mojaron a los curiosos. Ahora lo sé, vine aquí, para recordar eso.
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Esta entrada fue publicada el diciembre 27, 2010 a las 2:44 pm y archivada bajo Relatos con el brazo frío . Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a través del feed RSS 2.0
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