Abrió los ojos de golpe a la mitad de la noche y se encontró con la mirada oscura del sargento Antonio Chory. El movima que había sido su mejor clase en la Guerra del Chaco, yacía de pie, mirándolo, apoyado ligeramente a la ventana del dormitorio como si estuviera muy cansado, a contraluz de los rayos de la luna que bañaban a una Montevideo sumergida en las aguas negras de un mal sueño.
-Carmelo, dijo Chory con una voz que venía de lejos.
-Carmelo, repitió eso que pese a llevar uniforme caqui con abarcas llenas de polvo del pasado, igual era una sombra que se fundía con las olas de la cortina movida por el viento…
El capitán Carmelo Cuéllar se incorporó de la cama empapado en un sudor que no parecía de angustia y se le quedó mirando a aquel visitante inesperado con el corazón agitado por algo peor que la tristeza. Pese a que había llorado muchas veces en los tiempos de la Guerra Grande, jamás se había dejado ver con nadie en esos menesteres, puesto que aquel era un íntimo rito de limpieza de su alma que él no podía darse el lujo de mostrarle a los demás. Pero este era el sargento Chory, beniano como él y con quien el capitán Cuéllar sentía que tenía una deuda.
-Nadie nunca te sintió llegar, querido camba “pisablandito”, dijo Carmelo con una casi ternura contenida por la rudeza de su carácter, pero ya el sargento Chory se había ido. Carmelo se limpió una lágrima de hombre con el dorso de su mano morena de los hijos de Magdalena y entonces sintió un leve dolor en la cara. Estaba un poco hinchada, nada serio ni demasiado visible. Afuera, el Montevideo del exilio dormía con la boca abierta y un pie afuera de la manta de la noche. Amanecía sobre el Río de la Plata y Carmelo dijo entre dientes…
-También amanece sobre Magdalena y Trinidad.
Trató de acomodarse nuevamente en la cama bajo el argumento inexpugnable de que debía descansar porque en unas horas más tendría el duelo de honor con ese irritable argentino y antiperonista, el tal doctor Sanmartino. Pero fiel a la energía interior que lo había convertido en una leyenda viviente como jefe militar y revolucionario a favor de los humildes, reflexionó para sus adentros: “dormir demasiado es el consuelo que les queda a los que no han vivido. Sé que la vida no me va a alcanzar para conseguir todo lo que he soñado, ¡pero es que he soñado tanto!…”
Suspiró empapado en el sudor amargo de la melancolía y una avalancha de recuerdos desordenados le llenó la mente con habilidades de turbión. Pensó en las cosas que había soñado desde los años desolados de su huérfana infancia y se vio en Villamontes dirigiendo a los revolucionarios de Paz Estensoro rumbo a Tarija; se vio desnudo y feliz en su Magdalena verdísima y húmeda, cuya luz había sido la primera que sus ojos vieron. Un hormigueo le recorrió la espalda y de inmediato se vio también en Santa Cruz de la Sierra pasando clases en el Colegio Nacional Florida junto a sus compañeros de adolescencia y correrías, que después fueron sus camaradas en los días duros de esa infortunada guerra que aún retumbaba en su cabeza.
De golpe ese mosaico mental que mezclaba el pasado con el futuro se hizo pedazos cuando volvió a ver al Sargento Chory yendo otra vez con las manos vacías rumbo a Cabayo Cabuirenda, como aquella vez, allá en el infierno…Vio pasar de nuevo al sargento movima a través de la ventana de su cuarto montevideano rumbo a su destino, pero entonces Carmelo no sintió miedo, sintió algo peor.
¿Miedo? él había vencido el miedo desde los años remotos de su niñez, cuando a los 8 años, en su natal Magdalena perdió a su padre, Gonzalo Cuéllar, víctima de un mal que hoy con el avance de la ciencia llamaríamos cáncer. Su madre había muerto el mismo año pero de pura tristeza y él, el menor de seis hermanos, se había quedado casi sólo en el mundo… ¿miedo? Cuando alguien se queda huérfano a una edad en la que todo se ve en dimensiones gigantes sin que haya nadie que te dé una mano, no se tiene derecho a tener miedo.
-No se tiene derecho a tener miedo… repitió Carmelo casi en un murmullo.
Se pasó la mano por un lado de la cara para limpiarse el sudor y redescubrió que la tenía un poco hinchada y adolorida, cubierta por una sensación de latente y húmedo calor. Nada grave, eso era el resultado del ataque más suave que había recibido en su vida.
De pantaloncillos y camiseta, el capitán Cuéllar se levantó de la cama y caminó descalzo sobre el piso helado de su modesto departamento de exiliado hasta el escritorio iluminado por la luna que entraba a través de la ventana por donde nuevamente lo miraba Antonio Chory.
-Carmelo, quiero a mi “muñeca”. Carmelo quiero irme a Yacuma. Carmelo, con unos diez como vos y otros diez como los Buschs y Bilbaos Riojas y Marzanas y un puñado más de cambas benianos, cruceños y del territorio de Colonias, hubiéramos ganado antes… Carmelo ¿por qué no puedo llevar a mi muñeca a lo de Cabayo Caiburenda? Total, sólo faltan dos horas para volver a casa…Yo, como vos, soy hombre de montes y ríos, este desierto nos está matando, Carmelo… decía el sargento movima con una voz que volaba cansada sobre el aire líquido de ese amanecer tan lejos de Magdalena.
Carmelo se contuvo para no llorar esas lágrimas de hombres que atravesaban el acero de su alma y de las que nacían quebrachos de piedra cuando tocaban el suelo. Como todo camba, Carmelo era un guerrero con corazón de poeta…
-Descanse, soldado…dijo el capitán Cuéllar con la cabeza baja sobre el escritorio, decidido a no ver más a Antonio y empezó a escribir con esa letra menuda de las almas fuertes para que el sargento Chory comprenda por fin lo que había pasado aquel día remoto, allá, en lo del Cabayo Caiburenda…
“Antonio Chory, ‘el macho’, murió como un pobre pajarito, cazado de un balazo. Por sólo un balazo. Oriundo de la pródiga provincia Yacuma, este hombre cayó el mismo día 14 de junio de 1935 a horas 10, vale decir, 2 horas antes de que se acabara esa infausta como estúpida Guerra del Chaco. Yo había recibido orden estrictamente reservada de ocupar un lugar denominado “Cabayo Cabuirenda”, distante unos 6 kilometros de mi puesto de Comando, pero con la instrucción terminante de que no vaya yo personalmente y, en todo caso, que fuera un clase responsable, con la indicación de evitar choques con el enemigo. Era una misión delicada que le encomendé al Suboficial Alberto Bloomfield. El Sargento Chory pertenecía a esa sección. Dispuse que Chory no llevara su ametralladora semipesada que manajeba con mucha habilidad. Antonio era el prototipo de la nobleza de la raza movima. Adoraba su ametralladora, a la que le decía “mi muñeca”. Jugaba con ella en el combate, ya sea a caballo o a pie, la movía como si fuera realmente un juguete. Era un combatiente sereno, alegre y cauteloso a la vez. Era en verdad una leyenda. Murió sin “su muñeca”, que aquel día había dejado apesadumbrado por orden mía. Hasta hoy me remuerde la conciencia por haber cumplido esa orden, mandando a uno de mis mejores clases a la muerte… Ocupado el puesto, Chory se adelantó, nadie sabe por qué, unos cien metros por el borde del camino hacia Guirapitindy. Una patrulla enemiga venía también para ocupar el mismo puesto, que ya era nuestro. No hubo choque, ni escaramuza, nada, fue sólo un tiro, uno solo entre los millones de tiros que hubo en esa guerra, y la patrulla paraguaya se replegó y no volvió nunca más. La guerra terminó a las 12 del día, dos horas después de “ese” tiro. Mi escuadrón aportó 5 kilometros más del “terreno de nadie”, para la coordenada geográfica alcanzada por nuestro Ejército. Mi último puesto de Comando se bautizó con “Puesto Chory”. Antonio, ¿es que todavía no sabés que llevás muchos años de muerto?
Cuando Carmelo soltó la pluma, el espectro ya no estaba ahí. Era como si jugase a las escondidas, como si fuera y viniera a través del tiempo, a ratos caminando sobre el polvo rojo del Chaco rumbo a Cabayo Cabuirenda sin su “muñeca”, a ratos de pie sobre el suelo húmedo de Montevideo, mirando a su capitán con ojos de gente muerta, esperando que él dé la orden de volver a casa. Carmelo lo comprendió.
-Sargento Chory, puede volver a casa, dijo Cuéllar y de inmediato el fantasma se diluyó en la neblina, pero dejó la ventana empañada con el vapor de su aliento helado.
A través de su ventana, el exiliado boliviano vio cómo el Uruguay se despertaba. Vio a los obreros que esperaban ya los buses para ir a las fábricas, cómo los vendedores de diarios abrían sus puestos, cómo el ferry que hacía el viaje de Montevideo a Buenos Aires se llenaba de gente que se protegía de la llovizna helada con paraguas negros. De golpe, sin saber por qué, el ex combatiente de Bolivia empezó a tararear el himno del Beni. Él estaba aquí, pero también allá…
“Si la ambición bastarda de un vecino
bajo el verde listón de mi bandera
humillar a mi patria pretendiera
iremos con orgullo a combatir”
-Vaya himno guerrero el nuestro. Dá la talla de todos los hijos de esa gran madre verde, se dijo y su mirada se perdió en la línea del horizonte por donde emergía entre las aguas del Río de la Plata ese mismo sol que le había calentado la vida en las tierras de sus querencias. ¿Qué estaría pasando en ese mismo momento en Magdalena, en Trinidad o en Santa Cruz? ¿Por qué él, héroe nacional que siguiendo lo que decía su himno había combatido por una patria a la que no podía volver? Se pasó la mano por la cara que le dolía un poco. Ya no sudaba.
-La política me llevó a la guerra, la política me llevó a este exilio…Aún así, la política debe servir, Víctor Paz no puede equivocarse. Él al igual que yo, o que Busch, fuimos soldados de Bolivia… La Standard Oil sigue marcando el rumbo de mi destino…Como entonces…

Y así había sido. Huérfano, luego de irse de Beni a Santa Cruz arreando vacas a los 8 años, había interrumpido su educación en el colegio Nacional Florida para irse al sur del país a ganar plata como perforista de la petrolera Standard Oil de Villamontes. ¿Era el destino que lo empujaba al Chaco para consagrarlo allí como una figura mítica pese a su origen humilde en el departamento más olvidado de la patria? Y sí, el destino.
Ya allí, dos razones dispares, pero igual de sagradas lo hicieron ir a por su libreta de servicio militar: la primera razón era el servicio a la patria…y la segunda: su deseo de acceder a mejores chicas. Era un mozo de 17 años sin hacienda ni apellido importante, pero quería comerse al mundo y su primer bocado lo dio al presentarse en el regimiento Loa de Villamontes. El pueblo que soportaría la peor batalla urbana de la guerra, ese día ardió por otra causa. Carmelo había llegado.
Ahí estuvo bajo el mando de Enrique Peñaranda, quien después con Busch le darían el golpe de Estado a Salamanca en plena guerra, a 300 metros de las líneas enemigas y luego, Peñaranda y Busch serían Presidentes de Bolivia. Con el capitán Ustarez Carmelo aprendió a explorar el Chaco y conoció a Busch en las jornadas negras de Boquerón, apenas unos días después de la heróica muerte de Ustarez tratando de romper el anillo de acero impuesto por Estigarribia. Y ya luego, al final de la contienda iniciada por las pugnas petroleras entre la Standard Oil y la Royal Dutch Shell, Busch lo llamó a La Paz porque ahí se necesitaba la fama de Cuéllar para hacer renunciar a la Presidencia a un testarudo y manipulador, a una calamidad soberbia que le costó tantas vidas al país. David Toro.
-Firmá tu renuncia David, dijo Busch, camarada y compadre de Toro, a lo que el responsable del desastre de Picuiba, siempre soberbio por sus aires señoriales de caballero chuquisaqueño, contestó:
-Germán, yo sé redactar, voy a escribir mi propia carta de renuncia…
Entonces Busch hizo una señal y Carmelo Cuéllar y su fama apareció llenando con su presencia todo el Palacio Quemado. Ahí estaba el hombre que había aterrorizado con su nombre al enemigo guaraní. Su osadía y la radicalidad de acciones habían llegado hasta Asunción en donde le habían puesto precio a su cabeza. Cuando Toro vió a Carmelo, supo que Busch hablaba en serio…
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Toro, por supuesto lo conocía. Sabía que Carmelo era una leyenda chaqueña, había visto con sus propios ojos cómo la oficialidad guaraní minutos después de acabada la guerra le había entregado un cuero de urina con la leyenda que decía: “Teniente Cuéllar, si alguna vez en su Patria olvidan los méritos ganados por usted en la Guerra del Chaco, el Paraguay, noble enemigo de ayer y amigo de hoy, no lo olvidará jamás” Toro no llegaría a saber que en 1958, cuando Carmelo visitó Paraguay en su calidad de diplomático, el dictador de ese país y ex combatiente del Chaco, Alfredo Stroessner, le oficializó el pergamino que sus camaradas de armas le habían entregado a Carmelo el día que acabó la guerra. Era un reconocimiento especial de la República del Paraguay a un soldado de Bolivia.
Tampoco supo que el presidente guaraní, Juan Carlos Wasmosy, hizo una pausa a su agenda oficial en 1994 y fue hasta Santa Cruz exclusivamente para estrecharle las manos a ese hombre del que en su país los excombatientes aún seguían hablando.
Toro no llegó a saber aquello, pero sí aquel día en el Palacio Quemado sabía que Cuéllar era el soldado más valioso que había tenido Bolivia en la guerra por su capacidad de mando y su habilidad casi sobrenatural de penetrar las líneas paraguayas por las noches e infundirles actos que bien podían enmarcarse en lo que después se llamó, Guerra Psicológica…Cortaba orejas para no tener que acarrear prisioneros, aterrorizaba al enemigo en su propia retaguardia. Era a ese hombre el que David Toro, tenía parado detrás de él ese 13 de julio de 1937.
-¿Así que no va firmar mi general? Le dijo Carmelo al presidente saliente en un tono que Toro Ruilova entendió a la perfección…y el todopoderoso David, pálido, sinténdose desarmado y pequeño frente a un gigante como aquel beniano que lo miraba con sus ojos de fuego, firmó su renuncia sin decir una palabra y se largó para siempre de la historia de Bolivia…
Pero el que se quedó en esa historia fue Carmelo. Ya como sub jefe de policia del presidente Gualberto Villarroel (que había derrocado a Enrrique Peñaranda el 20 de diciembre de 1943), tuvo que valerse de tretas para salvar su vida tras el golpe apadrinado por las transnacionales que derribó a Villarroel (colgado por la turba en un faro de la plaza Murillo de La Paz) y encumbró en el poder a Nestor Guillén en 1946.
Carmelo estuvo escondido seis días en el antetecho del hotel París, de La Paz, hasta que disfrazado de campesino aimara logró refugiarse en la embajada de Argentina, país al que luego llegó como exiliado con Paz Estensoro.
En la guerra civil de 1949 penetró desde Argentina con las fuerzas revolucionarias del MNR contra el gobierno de Urriolagoitia y tomó Yacuiba y Villamontes. Marchaba hacia Tarija cuando la revuelta fue sofocada. Esa travesura le costó su asilo en Argentina, ya que por un conflicto diplomático entre este país y Bolivia (que exigía extraditarlo a La Paz) terminó en Montevideo. En la capital uruguaya era donde se encontraba este amenecer después de haber visto al sargento Chory a contraluz de la luna en la ventana de su pieza.
-“Dormir demasiado es para los que no hay vivido y no tienen razones para estar despiertos”. Miró los libros que había conseguido en Buenos Aires tras su paso como oyente en la academia de Filosofía y Letras de la capital argentina. Sí, haría política, trabajaría por Bolivia, pero desde una trinchera ajena a la militar… En Montevideo Carmelo Cuéllar se preparaba intelectualmente para actuar desde el Poder Ejecutivo, desde el Parlamento, para ser diplomático, porque en definitiva el MNR iba a vencer ¿quién lo dudaba? ¿el doctor Sanmartino?…Y después, cuando quiera recogerse en su tierra natal, se dedicaría al periodismo y a la poesía. ¿Por qué no? Muchos años después, ya como prefecto del Beni en el último gobierno de Víctor Paz, recordaría estas reflexiones que ahora tenía en su departamento montevideano. Recordaría cómo es que una vez vitorioso el MNR había sido prefecto de Oruro, embajador en Paraguay, en Uruguay, recordaría su memorable reunión con el sencillo y a la vez brutal Mao Tse Tung en China; sus conversaciones vía intérprete con Krushev y Bresnev en la URSS como enviado del gobierno revolucionario de Paz Estensoro, mientras el tarijeñazo Víctor se reunía con el mismísimo Kennedy. Pero todo aquello aún no sucedía, todo se estaba cocinando en la gran olla del destino…

Se apoyó a la ventana con el día ya encima de la ciudad. Respiró hondo, Uruguay le había abierto los brazos… y por alguna extraña razón eso le hizo recordar el incidente con Sanmartino. Fiel a su arrebatada personalidad, de inmediato pensó en un pasaje de Cicerón en el que se hablaba sobre de que habría de cuidarse de aquellos que hacían la guerra preventiva predicando que los motivos eran la paz…
-Un poema bien escrito, siempre será mejor que un balazo, se dijo y entonces alguien golpeó la puerta.
Carmelo se puso una bata, salió del dormitorio y pasó a la sala amoblada con un sofá bastante modesto, dos sillones y una mesa de reuniones con una banderita boliviana al centro, en las que se juntaban con otros exiliados para planificar el levantamiento que se avecinaba, ese previsto para abril de 1952.
Abrió la puerta.
Su camarada Inofuentes y otro boliviano más, vestidos de traje con sombreros colocados a lo guapo bonaerense lo miraban con cierta gravedad amistosa. Inofuentes, defensor de Boquerón con Marzana, le extendió el diario, él los recibió con palmaditas en los hombros y ambos hombres pasaron después de darle un apretón de manos.
-Vaya, estoy en el diario. Imposible pasar desapercibido en ninguna parte, bromeó Carmelo fiel a su talante de hombre oriental.
-Sí, la prensa se ha hecho bastante eco te tu lío con Sanmartino… ese caballero fascista… dijo el otro.
-Pues vaya que el señor doctor en derecho había tenido un muy mal genio eh?
-Sobre eso, te tenemos una noticia mala y la otra aún no sé si es buena o mala, dijo Inofuentes.
-¿Un café? ofreció el capitán, como si no hubiera escuchado nada.
-No, gracias…
-Pues bien, porque ya no tengo… contestó Cuéllar, tratando de desinflar un poco el estress del momento.
-Venga, dame la noticia mala, remató Carmelo disimulando la impaciencia que le asomaba por los ojos.
-Pues la mala es que el Comité decidió que el ofendido no fuiste vos, sino Sanmartino.
-Eso significa que sí habrá duelo ¿eh? No hay diferencias si es contra un ejército o contra un hombre, uno siempre puede perder ¿será con pistolas? Dijo Cuéllar con un cierto gesto de complacencia, como quien habla de un asunto que le es muy familiar…
- Propusimos el uso de pistolas, pero Sanmartino a sabiendas de que sos un soldado veterano de guerra condecorado en tu país, ha apelado a su condición de ofendido, optando por algo más de “caballeros”…
-Sables…dijo Carmelo mirando a sus padrinos de duelos con cierta indiferencia.
-Sí, sables. El señor doctor antiperonista al parecer se hizo pis…
El día anterior, Carmelo había estado en una librería buscando obras, siguiendo esa creciente ambición de entrar al terreno de la política con cierta ventaja intelectual, cuando el dueño de la tienda le presentó a un amigo y este a su vez le presentó a Sanmartino. Entonces el doctor y feroz antiperonista argentino también exiliado en Montevideo, le preguntó:
-Por cierto, ¿usted es boliviano?
A lo que Cuéllar contestó que sí, que era boliviano y también el “fascista” al que Sanmartino había ofendido hacía cuatro años atrás desde el congreso argentino. Lo dijo en tono de ironía sin ánimo de desagravio, pero el señor doctor en derecho se alteró como buen porteño cascarrabias. Le gritó a Carmelo que era un imbécil y le soltó un puñetazo en la cara, al punto que los presentes en la librería intervinieron para frenar esa escena.
El capital Cuéllar derribado por el golpe en la cara se levantó muy calmado (la serenidad era la virtud que más apreciaba en los hombres), se acomodó el traje sin responder al ataque físico de aquel hombre no tan joven ya y le dijo a Sanmartino que enviaría a sus padrinos para el duelo de honor.
Sabía lo que era ese asunto de bestias que habíamos llamado guerra, ese altercado era apenas un asuntito entre dos hombres.
Inofuentes y el otro boliviano habían ido donde el ex legislador rioplatense y se habían reunido con sus padrinos de duelo, y entre los cuatro, habían elegido a un comité para puntualizar los pormenores de la situación. El comité definió que la ofensa verbal de Sanmartino en el congreso argentino contra Cuéllar y el MNR había ocurrido hacía tiempo y que en los hechos de la librería, el comentario de Cuéllar había desencadenado la reacción del argentino por lo cual el ofendido era este.
Eso acababa de contar Inofuentes a Carmelo.
-El duelo es esta tarde, con abogados, médicos, autoridades de la ciudad, periodistas y una infinidad de curiosos.
-Todo un show en el que dos caballeros se juegan la vida por su honor. Dijo Cuéllar.
-Y sí, ya sabés que este país es la Inglaterra de Sudamérica.
A las tres de la tarde llegó Carmelo con sus dos padrinos al lugar del duelo. Todo estaba dispuesto. Se estableció que el combate fuera a cuatro asaltos durante dos minutos. Los médicos desinfectaron la punta de los sables. Y los metales chocaron por primera vez. Sanmartino era un hombre de familia descendiente de los fundadores de Argentina y sus conocimientos de la esgrima eran los que corresponden a un caballero. Mientras Carmelo andaba descalzo su niñez en Magdalena, este señor montaba ponys vestido como un Lord. Parlamentario, feroz opositor a Perón que lo había mandado a ese exilio montevideano, Sanmartino había visto a Carmelo Cuéllar y al MNR como la encarnación boliviana de su odiado peronismo. Por eso despotrincó contra Carmelo y el MNR en el Congreso de su país y por eso reaccionó así en la librería. Fue el primero en atacar.
En pleno combate, Carmelo vio a al sargento Chory entre la multitud y aquel descuido hizo que Sanmartino le hiriera la mano. Pararon el duelo y los médicos anunciaron que la herida había sido a primera sangre y se dio por finalizado el encuentro. Cuéllar y Sanmartino se dieron las manos y el árbitro dijo en voz alta.
-Dos caballeros, señores.
Sí, dos caballeros. En la librería, Cuéllar no había agredido a Sanmartino y en el duelo, a sabiendas de que su adversario le llevaba varios años de ventaja había adoptado una posición de defensa. Ya habían muerto muchos…Ese día nadie tendría que morir.
Esa noche, en la soledad de su habitación montevideana se dejó llevar por el río de su extraordinaria memoria e hizo el repaso, uno a uno, de los hombres del Beni y de la Patria que dejaron sus huesos en el Chaco y llegó a la conlcusión de que había sido un hombre bendito por el destino.
Muchos años después, en el último gobierno de Paz Estensoro en 1985, como prefecto del Beni escribiría…
He llegado más allá de mis aspiraciones, y por supuesto, mucho más lejos de mi propia capacidad. Que Dios me lo perdone. Soy un hombre agradecido con la vida. Recibí de ella todo cuanto me debió dar: penas y sufrimientos de toda clase. Supe también las veleidades que da el poder político. Disfruté de alegrías y satisfacciones en la familia. Vida pletórica de aventuras y desbordes temperamentales. Pobreza que no llega a la miseria, sobrellevada con dignidad y señorío. A esta altura de mi vida puedo, pues, afirmar que si me tocara morir este instante, lo haría dando gracias a Dios con el “schoropay schuré” de los itonamas, que quiere decir: “Dios te lo pague, Taita”.
En su habitación montevideana Carmelo, con la mano herida y las maletas listas para volver a Bolivia ese Abril de 1952, cerró los ojos aspirando el olor fresco del río dormido y soñó que su madre lo miraba orgullosa por la clase de hombre que había parido.
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Esta entrada fue publicada el julio 25, 2010 a las 4:59 am y archivada bajo POSIBLES ESCRITOS PARA LAS MEMORIAS . Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a través del feed RSS 2.0
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agosto 5, 2010 a 4:15 pm
Preparense para el Libro sobre la vida de Carmelo Cuèllar Jimenez el heroe mas grade de Bolivia y de latinoamerica de los ùlitmos tiempos
agosto 5, 2010 a 8:39 pm
Esperamos con ansias el libro querido Ruddy….
diciembre 26, 2010 a 7:44 pm
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