Otra explosión de vómito rosa lo despertó sobresaltado casi al amanecer. Apretó los dientes para evitar la catástrofe enzimática sobre su cama para uno y tropezando en la oscuridad como si peleara con los muebles se aferró al retrete con la avidez de un náufrago sin manos.

Se tocó la frente blanca y la halló empapada por un calor líquido que no era el de ese verano infernal y entonces sintió el precipicio de la nausea dando bocanadas de bestia bajo las alas rotas de sus pies.
-Mierda… Dijo sin convicción, casi como si esa palabra fuera un golpe en la nada para defenderse de un ataque invisible.
Se vistió con la torpeza de un condenado a muerte y con las manos en estado de convulsión ganó la calle cubierta por ese velo indefinible que envuelve al mundo un minuto antes de la llegada del día.
Entonces algo como un yunque lo volvió a golpear en el estómago y se tuvo que sostener la nariz con ambas manos para evitar que el dolor se le desbordara por ahí de nuevo.
-Mierda... Volvió a decir, agonizando dos veces en la espera de un taxi, mientras un niño que dormía envuelto en un cartón, cagado de miedo se despertaba en el mundo sepia que le dejaba ver la clefa.
Llegó a emergencias del sanatorio y la mujer con modos de funcionaria pública que atendía en el mostrador oloroso a antiséptico lo reconoció con un gesto de fastidio y no se tomó el trabajo de tomarle los datos que ya conocía de memoria.
-Pase, el doctor está disponible.
Sosteniéndose la barriga caminó por el pasillo de color indefinible y enfermos casi de muerte suspendieron sus monólogos y recuentos para ver si merecían el cielo o el otro barrio y le clavaron en el cuerpo el mal olor de sus ojos amarillos.
Él deseó la protección de sus párpados mientras caminaba por el pasillo interminable hasta que la rolliza mano del médico lo aferró por el brazo y lo derrumbó en la sillita blanca de los pacientes. Malhumorado por verlo de nuevo bajo esa nube azul de su propio patetismo, el médico gordo, calvo y sabio, le preguntó de quién estaba enfermo esta vez.
Con la voz fracturada aún por el hálito a vómito que aún seguía pegado a él con la inquina de una ofensa dijo.
-Otra vez, de Estela…
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Esta entrada fue publicada el abril 9, 2009 a las 4:35 pm y archivada bajo RELATOS CON BRAZO FRIO . Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a través del feed RSS 2.0
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