ARNO VERDUM

Publicado en Relatos con el brazo frío el Octubre 22, 2009 por antanasdrake

Escupió con rabia sobre un viejo rosal que había sembrado su madre en sus años de felicidad en esa casita rural y volvió a repetir entre dientes que la jubilación era una forma notariada de pre muerte física.

-Igual que un condón usado por la vida o una mascota que ya perdió su gracia…

Entonces su cara se congestionó de pura ira y maldijo a gritos a un avión y sus pasajeros que pasaban sobre Santa Rosa en ese momento. El viento de la selva batió las hojas de los antiquísimos mangos en los que él había jugado en los días de lluvias y la indignación por su carta de jubilación lo hizo retornar al viejo hábito del cigarrillo. Los había comprado ayer para probarse que era más fuerte que esa pequeña debilidad.

La carta de jubilación,  fría e impersonal que había recibido en su oficina hacía dos semanas, le parecía tan irrespetuosa que sentía a ratos que cedería la tentación de golpear a su jefe por habérsela mandado con un mensajero,  pese a que sus oficinas eran contiguas. Sintió ganas de encarar a quel hombre siempre pulcramente vestido, con manicura diaria y zapatos de charol con peinado tipo biblia. ¿Acaso no eran amigos de fútbol e hipódromo? ¿o lo estaban echando porque la secretaria demasiado bonita le llevaba al viejo Arno más café que a su propio jefe? ¿O lo echaban sólo porque el jefe era el hermano de Matilde? Sólo el diablo lo sabía.

Para no ceder a los accesos de ira que le habían hecho romperse las manos dos veces contra puertas y paredes, después de tomarse dos escoceses en un café del boulevard se cargó de una mochila y montado en su jeep dejó  la ciudad para quedarse en esa casita de madera en el lugar donde había sido feliz.

-Bizco hijo de puta, adicto al juego y maricón. No falté un solo día al trabajo en 31 años ¿y así es como me paga?

Volvió a pensar, mientras pasaba al galope una partida de caballos sobre la calle de pasto frente a sus ojos. Sintió la sangre removerle de su sitio el cerebro y la sudoración en la frente fue la señal inequívoca de que debía calmarse en serio. El karate, el box, el valetodo, nada había servido para que la paz llegue a su alma. Dio una bocanada del cigarro que le lastimó la garganta y su corazón se inundó de golpe con la misma sensación de desasosiego que sintió el día ya hacía algunos años en que su mujer, Matilde,  lo abandonó y sintió lo mismo cuando su hija se marchó para la universidad, un poco escapando de él y su manía de llenar con su presencia absolutamente todo.

Un pájaro cantó desde el lado por donde en su infancia oía pasar al ferrocarril y el viento húmedo del sur anunció una tormenta. Su vida presente se estaba acabando y los chicos con los que había crecido jugando a la pelota o yendo de pesca a los arroyos de aquel pueblo antaño de calles de tierra y lluvias primigenias, habían muerto o simplemente ya no se acordaban de él por causas naturales o pura conveniencia. No le importaba. En toda su vida él había querido ser el hombre de bien que su padre le había dicho que jamás sería.

-¿Qué podemos esperar de vos Arno? ¡Nada! No podés ser algo que yo no te puedo dar. ¿Leer? ¿leer? Aguantar el trabajo de un hombre de verdad en el campo es lo que deberías hacer… y luego el hombre se exaltaba hasta la violencia presa de un delirio alcohólico.

A sus 50 años, la edad había hecho pocos estragos en Arno, dado sus hábitos de dormir temprano y su típica  incapacidad de tolerar el alcohol. Le había crecido un poco la panza, tenía su cabello algo  gris, arrugas en los ojos y un registro médico ausente. Esas eran las huellas que habían dejado en él una vida llena de correcciones con las que aplacó  su alma de animal para ser un buen hombre de familia. En la juventud había combinado el ejercicio físico y las aventuras de viajes, acciones que fortalecían el cuerpo y la mente; pero que sin embargo deterioraron su matrimonio e incrementaron su fama de periodista. Todo hasta que Matilde se cansó de no tener marido y su jefe optó por acabar con el hombre que empezaba a hacerle sombra.

-Mañana me vuelvo a Santa Cruz, con la plata de la puta jubilación por fin compro un pasaje de avión y desde Madrid me voy hasta Moscú en ferrocarril, se dijo mirando el cielo encapotado a través de la carnosidad de su ojo derecho y los árboles de mangos excitados por la proximidad de la tormenta se estremecieron de golpe como si estuvieran vivos de verdad.

Entonces la casita de madera que habitaba en los terrenos que habían sido de su madre desprendió un olor a caoba que llenaba el interior de ese su refugio con techo de palma, una pequeña biblioteca, escritorio de caoba también y cama inmaculada desde hacía ya muchos años. En una casa de adobe que estaba levantada sobre el mismo lugar que la actual de madera, él había vivido muchos años atrás, hasta el día que escapó de su hogar para buscarse un futuro mejor y sólo volvió  algunos  años después, convertido en un periodista consumado, para el entierro de su madre. Aquella vez volvió con su esposa y con su hija pequeña y entonces él le dijo a su mujer que ése era el único lugar en el que había sido feliz.

-Voy a hacer ese condenado viaje a Europa y por lo menos lograré que me la chupe una holandesa… murmuró entre dientes, y de pronto, una sonrisa cómplice le llenó la boca por lo audaz de su ocurrencia. Entonces recordó a la tipa esa en aquella convención…Después de ese episodio con la mujer de la convención se sintió tan culpable con su esposa que  nunca más se le volvió a empinar con nadie más que no fuera ella, e incluso rechazó ofertas de potenciales amantes que lo admiraban por su trabajo y su extraordinaria habilidad “en el manejo del lenguaje”.  Antes de conocer  a Matilde –mientras esperaba una entrevista con el ministro padre de ella- él ya era un periodista nada santo cuyo “manejo del lenguaje” había sido extraordinario según decían algunas que lo habían querido atrapar, aunque también le reconocían que escribía muy bien.

Cuando la conoció a Matilde él  acalló su lado montés y se empecinó en la fidelidad, pero ahora su esposa lo había dejado para casarse con otro y sus planes a futuro sólo llegaban hasta su vuelta de Europa. O a lo mejor no, a lo mejor se quedaba de chulo en París o de vendedor de marihuana en el Parque del retiro de Madrid. El viejo Arno se divertía pensando en las formas en que un hombre de su edad se ganaría la vida en el lugar al que había soñado ir durante toda su vida.

Pensando en que siempre había perdido cuando había apostado todo para hacer lo correcto, se calzó sus botines de cazador, se puso un sucio overol de menonita sólo con calzoncillos debajo, se calzó en la cabeza un sombrero de raíz, con la punta de los dedos acarició la pequeña vaina de cuero que cargaba en el cinto y acompañado de un perro viejo que él había adoptado recién para que la soledad no le doliera tanto, salió de la quinta en ruinas a buscar una cantina bajo las primeras gotas de lluvia. Ya había fumado. Ahora iba a beber.

Bajo la luz ceniza de esa llovizna de invierno, el pueblo ya no era como lo recordaba. Había cambiado profundamente no sólo por la ausencia de los árboles de tamarindos que antes habían sido como espíritus protectores de las casas, sino que las calles de tierra que antaño soltaban aromas de siete colores en los días de lluvia, ahora tenían un insípido pavimento que le daba a todo un aire muerto de maldita ferretería. El viejo perro que él había bautizado “Puñalada”, lo adelantó con su andar torpe y sus sarnas al viento, olisqueó a un cerdo que dormía en una charca y éste lo atacó con furia, por lo que Puñalada corrió de nuevo detrás de Arno. El cerdo miró al hombre con furia, midió la situación en tres segundos  y luego plácidamente volvió a recostarse triunfante entre las fronteras de su reino.

-Sí, las cosas han cambiado…se dijo Arno.

Entró a una taberna que en sus tiempos de chiquillo había sido la tienda donde él iba a comprar el pan y los huevos cada mañana. En una esquina, un grupo de muchachos que bebían cerveza se echaron a reír por la forma en la que él estaba vestido, pero fingió  no importarle y sólo para sucumbir al deseo de una provocación se sentó en una mesa al lado de ellos.

El dependiente de la taberna, probablemente un abogado sin trabajo que había optado por sobrevivir de alguna manera en un pueblo como ese, se le acercó con cara de circunstancia y le dijo muerto de aburrimiento que en ese lugar no entraban animales. El viejo Arno miró a Puñalada que estaba echado bajo su silla mirándole a su vez con grandes ojos de hambre.

-¿Ah no entran animales?  -dijo-  ¿Y qué me dice de esos imbéciles que no paran de reírse?

El dependiente, más fastidiado aún, le dijo con mucha educación que el perro no podía estar ahí, de modo que el viejo Arno se levantó, miró con desprecio al maldito abogado desempleado, llamó a Puñalada con un sonido que hizo con la boca y se aprestaba a salir cuando el muchacho más estúpido de aquel grupo  (era el que se reía más) se le obstruyó el paso con una mirada de desafío que el viejo Arno casi agradeció. Los otros tres muchachos no paraban de reír.

-¿Así que somos animales eh? Dime, ¿cómo tratas a los animales? yo los trato así… dijo el muchacho estúpido con musculosa, camisa de franela a cuadros, jeans  y unas botas texanas con punta de metal y entonces soltó tremenda patada a un pobre Puñalada sorprendido que fue a estrellarse contra la pared soltando un gemido desgarrado que le hubiera partido el alma a cualquiera que no haya estado bajo el encanto de esa escena casi surreal. El perro vivió tres segundos más, sus estertores terminaron antes de que su sangre le empezara a brotar por el hocico.

Arno tenía serios problemas de ira, pero claro, eso el hijo del Alcalde no lo sabía. El viejo levantó al muchacho por el cuello con una sola mano y lo estrelló contra una mesa que se hizo pedazos bajo ese montón de carne sin voluntad. Y antes de que el gandalla o sus amigos, o el abogado desempleado, pudieran hacer algo, el viejo levantó el cuerpo de Puñalada por las patas traseras y golpeó con él  la cara del chico hasta que éste sintió cómo la sangre del perro le entraba por la boca y los dientes del animal muerto le cortaban la cara y la cabeza en casi un acto de venganza.  Arno se detuvo, estrelló al perro contra la mesa de los otros tres muchachos pálidos de terror y volvió donde estaba el hijo del alcalde tratando de balbucear algo, quizá intentando pedir ayuda o sólo pretendiendo llorar. El viejo se montó a horcajadas sobre el pecho del chico y abrió como un rayo la vaina de cuero que llevaba en el cinto, sacó un cuchillo de hueso que le había regalado una tribu chiriguana, se lo metió a la boca al muchacho ya cagado en los pantalones y de un solo tajo le cortó el carrillo derecho hasta la oreja. Entonces se le acercó casi a la altura de los ojos con la cara empapada en sudor, temblando de algo peor que la rabia y con una voz que no era de este mundo le dijo.

-Así trato a los animales.

Se sintió extrañamente liberado cuando vio los ojos extraviados de terror de ese riquillo estúpido, como si en su interior se hubiera abierto una jaula; casi sonrió cuando montó en el Jeep con el cadáver del perro y bajo la lluvia dejó el pueblo llevándose por delante una barrera de control de Tránsito sólo porque no le dio la gana de detenerse.

En media hora estuvo en la ciudad, tomó su pasaporte, su dinero, golpeó a un vecino que le había caído muy mal desde siempre  y se fue hasta el aeropuerto donde la burocracia del Estado jugó a su favor  porque nadie intentó detenerlo. Desde la ventanilla del avión le enseñó el dedo medio a su pasado y se sintió como si hubiera vuelto a tener 20 años.

Desde Amsterdam llamó a su hija en la Universidad y ella, notoriamente alterada, le dijo que su foto estaba en todos los noticiarios y periódicos acusado del intento de asesinato de un pobre muchacho en Santa Rosa por motivos aparentemente pasionales o quizá político. Aflijida, su hija le contó que Matilde ya le tenía listo a un buen abogado, que su anterior jefe lo estaba difamando por todos los medios  y que la TV no paraba de hostigarlas a ella y a Matilde para preguntarles si finalmente el gran Arno Verdum se había vuelto loco…

Él pareció no escucharla y sólo atinó de decir con una voz en la que se adivinaba una sonrisa de complicidad y algo de marihuana:

-No sabés lo que me acaba de pasar con una holandesa…

EL COLMO DE LA INFAMIA

Publicado en Uncategorized el Agosto 22, 2009 por antanasdrake

Llevábamos varios meses en la redacción y no éramos amigos. Hasta que un libro de García Márquez, de tapa de color hueso, nos dio motivos para empezar una amistad que se alimentó por el interés de cazar historias y escribirlas a cuatro manos, recrear los viajes de Hemingway y soñar con toparnos con coberturas periodísticas como aquellas en las que Kapuscinsky le encontraba sentido a su vida en un montón de guerras y revoluciones armado con su libretita de reportero razo, y Truman Capote le sacaba verdades a esos muchachos que sembraron el terror en un pueblito de Kansas. Fue en esas tertulias nocturnas de su casa, y sumergidos con la embriaguez de un vino barato, que Darwin Pinto Cascán me fue revelando sus cuentos infames que ahora están registrados en un libro cuidadosamente impreso por editorial La Hoguera.

ROBERTO NAVIAA la orilla del fin del mundo

UN SUEÑO DE OPIO…

Publicado en RELATOS CON BRAZO FRIO el Julio 27, 2009 por antanasdrake

El mundo se hizo pedazos sobre su cabeza después de “aquello”, pero él no se dio cuenta hasta que esa explosión caliente en su cerebro le apagó la luz. Tal vez ni en ese momento se dio cuenta…

 No se dio cuenta ni siquiera unas horas antes de que la autoridad llegara a avalar la orden del tribunal local que lo condenaba a muerte junto a esos otros tres delincuentes que estaban golpeados y heridos en la celda junto él. No se arrepentía, volvería a hacer “aquello” aun cuando los demás creyeran que él debía pagar con su vida por lo que había hecho. Las leyes funcionaban mal y a él no le importaba. 

- Mi ley soy yo…

Con el cuerpo magullado por los métodos brutales que habían usado para detenerlo pensó con rabia que el arrepentimiento era una cosa de cobardes y que un hombre como él  no podía darse el lujo de la debilidad. Lo que su mano hacía, lo aprobaba su razón y le importaba un diablo que eso ahora le vaya a costar la vida.

 

-¿Cómo es un hombre como vos? Le había preguntado después del amor una ex novia demasiado lista que así pretendía pasar la barrera emocional que él siempre había puesto en sus relaciones. Quería conocerlo para descubrir ese misterio que la había atraído hasta ese hombre que por alguna razón tenía que mudarse de departamento y de ciudad cada cierto tiempo, huyendo o persiguiendo a algo o a alguien.

-En tus ojos no se puede leer lo que estás pensando…

Él, desnudo, mirando un encuentro de fútbol por la Tv en el departamento que compartían, le había contestado sin mirarle: Un hombre como yo es alguien capaz de hacerte hacerme una pregunta como esa, niña lista…y luego había hecho como si ella hubiese dejado de existir y ella no había tenido ningún problema en hacer sus maletas y largarse para siempre, como las otras.

 

- ¡Eh carcelero¡ los que vamos a morir merecemos un cigarrillo; gritó con su vozarrón desafiante de irlandés borracho y el guardia del pasillo de la muerte en esa prisión de Texas le contestó dando un macanazo en sus barrotes, tan fuerte que resonó como un tiro en la oscuridad del pasillo de los condenados a la silla eléctrica.

 

En unas horas el procurador llegaría a la ciudad para dar los resultados de las apelaciones que aquella novia lista había presentado en su favor nomás para demostrarle lo estúpido que había sido por dejarla ir. Cuando supo de aquello, él pidió con desdén un cigarrillo al abogado que ella le había mandado y dijo que no se defendería, pero en su interior sintió que algo en el pecho se le contrajo con dolor y a los cinco segundos ya lo había olvidado.

 De modo que a él y a los otros los sacarían con la cara al sol para ser ejecutados en plaza pública (púdica, púbica), delante de cientos de personas que desde hacía una semana llevaban fuera de la prisión haciendo vigilia para satisfacer ese delicioso morbo interior de ver morir a los demás. Para vivir ese gozo íntimo, ese vacío en la panza que se siente cuando alguien que se vio vivo, de pronto ya no lo está. Era como las multitudes frente a la guillotina, frente a las horcas, frente a los pelotones de fusilamientos… Los campamentos de las cadenas de TV estaban montados, esperando el gran show propuesto por un gobernador que aspiraba a Presidente con la premisa de que con ejecuciones públicas se iban a sentar precedentes “para que los delincuentes se lo piensen dos veces antes de hacer sus fechorías”.

Los directivos de los grandes medios se masturbaban de felicidad en sus rascacielos, las industrias pagaban millones por tener publicidad en la hora de las ejecuciones, las modelos en ascenso se sacaban fotos para sus books junto a los condenados porque para ellas eso era “chic”; se imprimían camisetas que decían: “Yo estuve en la primera ejecución pública del siglo 21”, “Yo conocí al primer ejecutado cuando aún era decente” o “Cuidado chicos malos, la parrilla los espera” e incluso salían avisos pagados que decían: “Las ejecuciones son un derecho humano para mantener a salvo a la comunidad. Denuncie a su vecino si sospecha de él”…

 

- Tranquilo amigo, mañana ya no tendrás ganas de fumar, te van a freír; remató el guardia con la sorna propia de los que fueron niños abusivos de los demás y se alejó con ese cadencioso paso de vaquero que aparenta tenerla grande. Se alejó silbando una canción que había estado de moda en los antros gay de Houston a principio de los 80. Al menos eso pensó el condenado sobre la canción que silbaba el guardia y aferrado a las rejas trató de sonreír sin saber por qué, pero los músculos de su cara estaban tan apaleados al igual que los del resto del cuerpo que cayó de rodillas. Pese al dolor, se quedó riendo un rato en la oscuridad de la celda como si fuera un loco o alguien que había recordado un muy buen chiste. Los otros tres condenados que compartían con él la celda lo miraban desde las sombras. Uno parecía orar y los otros dos cuchicheaban por lo bajo. El condenado 2278 tosió y escupió sangre y entonces una riña entre presos estalló en la celda de enfrente. Él no levantó la cabeza.

 

El que estaba en la celda y que parecía orar, desde el rincón oscuro en el que estaba dijo con una voz que parecía de alguien que había perdonado a los demás y a sí mismo.

-Buena cosa es el arrepentimiento…

-Vete a la mierda, le contestó él de modo casi automático y con algo de odio, pero al instante se tranquilizó un poco al recordar que el que acababa de hablar en verdad había recibido una tortura propia del peor asesino del mundo. Él lo había visto entrar a la celda con la espalda destruida a azotes.

-Qué habrá hecho, se preguntó mientras sentía contracciones en el estómago y volvió a escupir con sangre.

 

Los soldados que habían detenido al soldado 2278 hacía apenas tres días, le habían roto las costillas a culatazos, lo habían arrastrado por los cabellos en delante de los demás camaradas que aguantaban la posición de Villamontes ante el ataque de infantería paraguaya, lo habían paseado por las calles de tierra del pueblo aterrorizado con una soga al cuello como si fuera un animal y le habían escrito con carbón en la frente un ya ilegible letrerito diluido por efectos del sudor y la tierra.

 

Después, los guerreros aztecas lo lanzaron casi muerto hasta esa cuevita hedionda a mierda donde luego éstos llevaron a los demás prisioneros tlaxaltecas atrapados en la batalla. Allí los acuchillaron con sus puñales de obsidiana sobre negros altares hediondos a muerte. Al principio él pensó que aquello era una tortura psicológica contra el guerrero vencido, pero luego descubrió que era un morboso ritual de guerra de esos caníbales de mierda. Los amarraban de pies y manos y delante de los prisioneros, (cuyas vidas se definirían en unas horas más con la llegada de la autoridad) les abrían el pecho a sus víctimas vivas con los puñales de obsidiana, le arrancaban el corazón con sus negras garras y se lo comían para adquirir la fuerza y el valor del vencido.

-No debo ser tan valiente. No me han matado entre los primeros y debo esperar a que venga este supremo del que hablan… dijo ofendido, pero después se dio cuenta de que aún estaba vivo, se dio cuenta que la muerte rondaba a su alrededor y amenazaba con hacerles pedazos el mundo sobre su cabeza, pero que él aún tenía una oportunidad.

 

-¡Que me traigas un maldito cigarro¡ volvió a gritar con todas sus fuerzas empapando sus labios con su propia sangre oscura, pero ya era noche cerrada en esa selva habitada de mosquitos y murmullos. Los sacrificios se reiniciarían otra vez por la mañana. Los tres aztecas con pinturas de guerra que vigilaban la cueva hedionda a mierda de los prisioneros se miraron entre sí sin comprenderlo al oír aquel grito. El gruñido de un jaguar y el ruido de movimientos violentos del depredador y su presa entre el follaje a unos metros del campamento, fue todo lo que se oyó después. Los guerreros se asustaron. El olor de los sacrificios empezaba a atraer a las fieras. Había que alimentar más el fuego. El condenado miró a los otros tres tlaxaltecas que estaban atrapados con él en la cueva y sólo vio sus siluetas recortadas contra la pared oscura, sentados, dormidos, resignados a morir en la piedra, bajo la piedra. Él se dijo: Yo no voy a morir aquí. Un hombre como yo no va a morir así…Amanecía cuando se durmió apoyado a la puerta de maderas de su encierro.

 

Una patada en las costillas rotas lo despertó con un gemido de animal. Enceguecido por el sol de ya casi  mediodía fue arrastrado por las calles de arena entre un gentío que se arremolinaba en torno a la plaza pública y en medio del bullicio y de su ceguera pensó:

-Ha llegado la autoridad… y luego repitió lo que había pensando, ya sin los dientes de delante de la boca que habían quedado en la celda tras la segunda patada. Entonces empezó a reír orgulloso de no arrepentirse de nada, era feliz por ser diferente a los demás, que para burlarse de él desde el lado de los inocentes, habían tenido que someterse a las leyes, habían tenido que someter la autoridad de su propia voluntad a las leyes escritas por otros…

 

-Esclavos, sucios esclavos… se dijo mientras el populacho lo zarandeaba como a un costal de papas y avanzaba arrastrado por los guardias hasta la tribuna que se alzaba al centro de la plaza. Luego, en un parpadeo  todo se calmó. Se hizo el silencio en el mundo cuando la autoridad apareció en la tribuna ante la plebe que no podía perderse un espectáculo así por más que el sol se les esté derritiendo como plomo fundido sobre sus cabezas.

-Esclavos, sucios esclavos…

La multitud quedó expectante, con la boca abierta, conteniendo el aliento. El condenado abrió un poco los ojos que ya se acostumbraban a los cuchillos del sol y al polvo que levantaba la muchedumbre y entonces vio a uno de los hombres que había estado en el cautiverio con él. Era aquel que había dicho que arrepentirse era buena cosa. Estaba de pie, golpeado, cabizbajo, difícilmente erecto ante Pilatos, mientras la gente empezaba a gritar algo que el condenado no entendía, ya sea por los golpes o porque cada nervio del cuerpo le pedía a gritos un maldito cigarro y en represalia le saboteaba los sentidos.

-Mi nombre, gritan mi nombre…

Dijo el condenado y las voces retumbaban en su cabeza: Liberad, liberadlo, queremos a… gritaba la gente en la plaza entre el polvo y el sol, y él se sintió feliz un poco hasta que el ruido de su nombre fue creciendo como si fuera un monstruo mitológico y lo sintió cada vez más cerca, hasta que su nombre fue de metal y sintió que se lo pusieron sobre la cabeza. Entonces su sobresalto casi de gato fue detenido por las amarras de los brazos y los pies. Abrió los ojos desmesuradamente y vio a esa gente sentada frente a él, gritándole con odio algo que él ya no pudo comprender y vio llorando entre la multitud a la chica que había sido la única que lo amó y recordó la pregunta…

-¿Cómo es un hombre como vos?…

Y luego a ese policía bajando una palanca y ese ardor primero en el cerebro y después ya nada.

 

 

ESTELA

Publicado en RELATOS CON BRAZO FRIO el Abril 9, 2009 por antanasdrake

Otra explosión de vómito rosa lo despertó sobresaltado casi al amanecer. Apretó los dientes para evitar la catástrofe enzimática sobre su cama para uno y tropezando en la oscuridad como si peleara con los muebles se aferró al retrete con la avidez de un náufrago sin manos.

Se tocó la frente blanca y la halló empapada por un calor líquido que no era el de ese verano infernal y entonces sintió  el precipicio de la nausea dando bocanadas de bestia bajo las alas rotas de sus pies. 

-Mierda… Dijo sin convicción, casi como si esa palabra fuera un golpe en la nada para defenderse de un ataque invisible.  

Se vistió con la torpeza de un condenado a muerte y con las manos en estado de convulsión ganó la calle cubierta por ese velo indefinible que envuelve al mundo un minuto antes de la llegada del día.

Entonces algo como un yunque lo volvió a golpear en el estómago y se tuvo que sostener la nariz con ambas manos para evitar que el dolor se le desbordara por ahí de nuevo.

-Mierda... Volvió a decir, agonizando dos veces en la espera de un taxi, mientras un niño que dormía envuelto en un cartón, cagado de miedo se despertaba en el mundo sepia que le dejaba ver la clefa. 

Llegó a emergencias del sanatorio y la mujer con modos de funcionaria pública que atendía en el mostrador oloroso a antiséptico  lo reconoció con un gesto de fastidio y no se tomó el trabajo de tomarle los datos que ya conocía de memoria. 

-Pase, el doctor está disponible. 

Sosteniéndose la barriga caminó por el pasillo de color indefinible y enfermos casi de muerte suspendieron sus monólogos y recuentos para ver si merecían el cielo o el otro barrio y le clavaron en el cuerpo el mal olor de sus ojos amarillos.

Él deseó la protección de sus párpados mientras caminaba por el pasillo interminable hasta que la rolliza mano del médico lo aferró por el brazo y lo derrumbó en la sillita blanca de los pacientes. Malhumorado por verlo de nuevo bajo esa nube azul de su propio patetismo, el médico gordo, calvo y sabio, le preguntó de quién estaba enfermo esta vez.

Con la voz fracturada aún por el hálito a vómito que aún seguía pegado a él con la inquina de una ofensa dijo.

-Otra vez, de Estela… 

La Escuela en Santa Rosa

Publicado en POSIBLES ESCRITOS PARA LAS MEMORIAS el Marzo 3, 2009 por antanasdrake

¿Qué significó para mí la escuela?

Primero, descubrí que yo no era el único en el mundo que no comprendía la lógica numérica de los días de la semana ni la forma mágica en que se construía un arcoiris ni mucho menos la razón orgánica del origen de la vida en la panzas de esos seres humanos de “género femenino” que yo hasta entonces conocía nomás como mamá, tía, amiga de mi tía o señoras esposas de hombres de “género masculino” que andaban a caballo y decían palabrotas. Cuando entré a la escuela supe que la abejita y la flor no tenían nada que ver con la llegada de los bebés al mundo y me enteré con una sonrisa en la cara que la culpa de que el gato tenga hijitos gatos era de una cosa llamada ADN que yo entonces identificaba nomás con un partido político.  

 

En las aulas de mi escuelita rural (siempre olorosa al estuco que se nos caía de a poquito en los meses de lluvia y siempre vibrante de gritos de chicharras en los días del calor), descubrí que los sonidos se podían “ver”. Descubrí como un Colón mediterráneo navegando sobre las carabelas de su único par de zapatos que el sonido se podía contener en letras y las letras se convertían en palabras y entonces supe que las ideas se podían encerrar como pajaritos en una jaula de papel. Descubrí que la distancia y el tiempo y el infinito y la música se podían representar con símbolos facilitos (el infinito era un ocho echado) símbolos que servían para grabar en papel palabras de hombres y mujeres que habían vivido siglos antes que nosotros y que el saber leer era la única forma de ponerte en  contacto con gente que ya había sido vencida por los estragos de la muerte.

Y cuando la suma se transformó en logaritmo y éste se volvió una operación para medir la energía molecular del interior de una célula, renuncié a los números y sólo los acepté en mi reloj. Opté por las palabras. “La A combinada con M suena AM”, se transformó en algo más complejo como frases maravillosas de El Quijote, La Guerra y la Paz, El Otoño del Patriarca y entonces enrumbé mi vida por los senderos de la literatura y el periodismo, todo gracias al terror que metió en mi corazón una profesora vieja que en Santa Rosa del Sara  que me dijo el primer día de clases: “Si no aprendés a leer… siempre vas a ser una planta”.

EL VICTIMADOR

Publicado en RELATOS CON BRAZO FRIO el Febrero 28, 2009 por antanasdrake

pecera1Desde chico supiste que el dormir era como morirse un rato y un poco. Supiste que eso de cerrar los ojos y empezar a oír voces y luego de golpe estar en otro sitio, era como quedarte flotando en ese tiempo encerrado en algún lugar del que tu cabeza era una de sus tantas entradas. Entonces te preguntabas si al cantar los gallos podrías encontrar la puerta del retorno a esta vida de relojes y calendarios y saludos con la mano y vinos a medio terminar.

Desde chico supiste que dormir era como ahogarte en esa grasa de incertidumbre, por eso al principio no dormiste, pero luego, vencido, cerraste los ojos y te despediste del mundo una y otra vez hasta que la viste a ella, y entonces te empeñaste en soñar sólo con ella para que entre ambos hallen la puerta movediza dentro de tu cabeza

 En tus noches de infancia viviendo en la casa de tus abuelos por el olvido de tu padre viudo y arquitecto, dormitando en el cuarto blanco que fue de tu madre, supiste que dormir también acarreaba otras complicaciones, otros dilemas. Dejar este lado y penetrar en ese era como estar, pero no estar, ¿entendés?, era padecer ese corrosivo temor a olvidarte de respirar mientras dormías, el terror de no saber si cuando abrías los ojos para huir de esa sombra blanca de todas las pesadillas estabas despierto de verdad o es que aún andabas ocultándote entre lápidas de novelas góticas, encerrado en esa jaula que se agitaba detrás de tus ojos. Pero la viste a ella por la ventana.

La viste y la reviste y la soñaste, y después de que ella te sacó varias veces de una tormenta en el descampado al calor de la cama que fue de tu madre, andando como un fantasma por la biblioteca del abuelo coronel y leyendo historias sobre la segunda guerra mundial, también descubriste que el despertar no era nomás una puerta de escape de lo otro, sino que era como una magnífica resurrección diaria en la que alguien te daba la oportunidad de empezar de cero todo lo que habías hecho bien o mal el día anterior o también podías redescubrir como la primera vez el sabor del yogurt de frutilla o sorprenderte de nuevo por esa niña de al lado de la casa que se pasaba horas y horas mirándote leer sin decirte nada, sólo contemplándote, como si fueras un ídolo de piedra acabadito de desenterrar de una ruina, como si fueras una alucinación a la que era mejor no hablarle para que no te hagás humo como todo lo que ella había amado; para que te quedés ahí, compartiendo con ella tu imposibilidad para jugar a la pelota o a lo que sea con los otros chicos de la cuadra que en la calle frente a tu casa se agarraban a trompadas, se herían las rodillas, se caían de bicicletas y lloraban que daban ganas de reír de gusto.

Pero la llegada de la adolescencia en que todo lo cotidiano toma tintes de dramático, tu imposibilidad de sujetar con los garfios de tu razón a los caprichos del sueño, más el que ella se haya ido de al lado de tu casa y también de tu cabeza, hizo que poco a poco vayás tomando conciencia de que todo obedecía a procesos inevitables y de que todo era cuestión de acostumbramiento por más malo que sea. De modo que en ese estado de vulnerabilidad vergonzante te nació un nuevo tipo de miedo que fue el que te hizo de verdad un hombre. Te invadió el pánico a la muerte definitiva coronada ya no por pesadillas sino por los entierros, por lo que buscaste formas de sentirte un poco más seguro tomando las riendas de tu vida y dejaste a tus abuelos felices en su casita bien, los dejaste con sus juegos de cartas, con sus visitas a su amigo el doctor, con sus vacaciones pagadas, con sus cartas semanales que te llegaron puntuales con besos y dólares a todos los sitios donde fuiste.

Entonces, el día en que renunciaste de plano a la idea de la carrera de arquitectura en universidad, sentiste en el alma que alguien te miraba y la reconociste en el tumulto de estudiantes.

-¿Vos eras el chico bobo de al lado de mi casa que jamás se atrevió a hablarme?

-¿Vos eras la chica muda que jamás jugo con nadie?

Con más seguridad sobre tu futuro, optaste por entrar al colegio militar con la idea de hacerte coronel como tu abuelo John Hard, todo pese a la protesta de ella, a tus pies planos y a tu casi imposibilidad de soportar cualquier fatiga física porque tenías un corazón que en su otra vida había sido un trapo grasiento y viejo.

-¡Dispará, dispará carajo¡

Te paralizaste con todos esos muchachos que eran como de tu edad y algo de tu antigua estupidez volvió cuando recordaste los reproches de ella por esa idea absurda de ser parte del ejército de la dictadura. Entonces la explosión sonora de esa orden en tu oído hizo que apretés el gatillo más por reflejo que por intención y escuchaste la ráfaga con los ojos cerrados y antes de que la multitud en contra de la dictadura se dispersara de frente al Palacio de Gobierno dejando sobre la calle a esos cuatro estudiantes moribundos, tu comandante te dio una patada en el pecho y te dejó tendido de despaldas, mientras veías cómo el azul del cielo se iba borrando entre el velo de tus párpados vencidos. El comandante te había gritado escupiéndote en la oreja…

-¡Maricón, tenientito de mierda, maricón! ¿así pensás llegar a ser un oficial de verdad?.

-¡¡¡Tap tap tap tap tap tap!!!

Los muchachos gritando en desbandada, las cámaras de Tv enfocando alternativamente a los soldados parapetados en una barricada con bolsas de arena frente al palacio de gobierno y a los cuatro chicos temblando en la calle, escupiendo sangre… y el cielo apagándose en tus ojos en los que acababa de oscurecer, en los que había entrado de nuevo el sueño con su terror y su sombra.

Estuviste muerto durante tres días, o mejor dicho, estuviste dormido, suspendido en el vacío de esa muerte circunstancial, profunda y breve. Cuando resucitaste de entre los dormidos en el hospital militar con tres costillas rotas, te encontraste un papelito en el que alguien te daba de baja del Colegio por “no serle útil a la patria”, de modo que amargado hasta los huesos por la frustración de no ser coronel como el abuelo que te pagaba los gastos, te volviste al departamentito amoblado donde habías vivido con ella. Desde la primera noche sin ella en el departamentito con vista a la calle, en cuyo piso superior vivía esa pareja que armaba su escándalo a la hora de hacer el amor y había que callarlos golpeando el techo con una escoba, empezaste a soñar con el canibalismo de los pececitos de la pecera que ella trajo el día que se vino a vivir con vos y que te dejó por pura rabia. Tenía un gran pez naranja y un pececito negro con cola como una bandera pirata.

En todos los sueños, el gran pez naranja se comía al pececito negro. Unas veces, la víctima seguía viva, habitando como si nada dentro de la panza del victimador. Lo veías moverse, respirar, nadar en una burbuja estomacal dentro del gran pez naranja hasta que el escándalo en el piso de arriba te hacía despertar y agarrar la escoba y golpear o llamar a la Policía. Pero en otros sueños en esas tus muertes temporales, aparecía el pescadito negro hecho pedazos, flotando en la pecera, o expulsado fuera de ella, botado en el piso del dormitorio, entre los discos de Dizzie Guillespie… y luego en el sueño el pescadito que flotaba en la pecera hecho pedazos o que se achicharraba en la alfombra junto a los discos, se iba haciendo más grande, transformándose en el cuerpo de cuatro estudiantes muertos en la calle por una ráfaga absurda.. .

Despertabas de golpe dando un grito casi animal y al encontrarte con la penumbra del dormitorio te ahogabas en la desesperación por su helada ausencia, te ahogaba el calor de la cama insípida, grata para dormir, pero nunca más para estar despierto. En esa soledad perfecta, te mataba la silueta de la mesita para dos con su copa de vino a medio beber, te jodía hasta las lágrimas el librero con sus libros sobre socialismo y veías su ropa colgada y te la imaginabas dentro de ese vestidito de tiros con estampados de flores, con la falda remangada hasta la cintura…

 El silencio de esa soledad arrancaba  la voz de ella de los resquicios del piso y de los relieves de las paredes y te la clavaba en tus oídos con la violencia de un sacrificio azteca.

-Sergio, no sé cómo podés servir a un gobierno de déspotas que han desnaturalizado en su beneficio la causa de los pobres…

-Voy a ser un oficial del país, no del gobierno…

El ámbito del departamento mutilado en su vitalidad justo a la mitad te recordó los silencios de ella al dormir, los gritos de ella, la sonrisita casi infantil de ella que te había hecho vivir los años más felices de tu vida; de chicos, acompañándote con la mirada y de grandes, salvándote con sus brazos del terror de esa diaria muerte nocturna, bendiciéndote con el vigor de su sexo en las resurrecciones del amanecer lleno de cantos de pájaros y de paredes humedecidas por el sudor de sus cuerpos. Con ella, tu natural pesimismo hacia el mundo, tu aburrimiento amargo de sentir que todo te salía mal “porque el universo conspiraba en tu contra”, había desaparecido. Pero ahora que ella te acaba de abandonar, te hundís de nuevo con los fantasmas del pasado, con la puñalada adicional de que ahora sabés que tu tristeza habitual antes de ella no es un estado natural del ser humano. Ahora lo sabés porque, como muy pocos, vos con ella fuiste feliz.

Abrazados en el sofá, escuchando un disco de Guillespie a media luz, con una copa de vino y mirando la pecera del dormitorio con sus bestias naranjas y negras le hiciste prometer que nunca te abandone porque de lo contrario vos sabías que no podrías soportar el acoso de esa diaria muerte nocturna. Ella aceptó y te dijo que por favor dejés la carrera militar, porque vos no eras un fascista de izquierda. Te pidió que te dediqués a lo de la arquitectura como tu padre, pero ella no calculó que esa no era la forma de convencerte, de modo que le contestaste de muy mala forma que no querías nada con la arquitectura y que lo tuyo era el ejército, como tu abuelo.

Entonces ella, hija de padres muertos por la dictadura, criada bajo los rigores de una institutriz sorda y displicente, se levantó del sofá, asentó su vaso en la mesita para dos decidida a no capitular esta vez, tumbó al salir los discos de Dizzie Guillespie y se fue para nunca más volver.

Vos, aún enfurecido por lo de la arquitectura y seguro que ella volvería al día siguiente a tratar de convencerte de volver, recibiste la llamada del Colegio Militar para encarar una acción que “probaría tus pelotas”, a ver si eran de los kilates de los que serían nuevos oficiales de la patria.

Fuiste…

-¡Maricón, tenientito de mierda, maricón! ¿así pensás llegar a ser un oficial de verdad?.

-¡¡¡Tap tap tap tap tap tap!!!

Volviste expulsado del Colegio Militar y sólo te quedó la ferocidad del departamento sin ella y desde entonces, las veces que despertaste de tus muertes temporales, sólo fue para ver las marchas de las madres que pedían justicia por sus hijos muertos a manos de los militares en ese incidente frente al palacio de Gobierno. Eso no te importó, ya nada te importó, y tampoco contestaste las llamadas del Colegio que pedía tu reincorporación tras evaluar y determinar la heroicidad de tu acción. Y dormiste y dormiste y soñaste con el gran pez naranja y con el pececito negrito hasta que tu abuelo coronel te encontró descompuesto, fundido en la sábanas, pero no notó que en la pecera sólo quedaba el gran pez naranja y tampoco supo que ella, al día siguiente de abandonarte, se metió entre el tumulto de gente para decirte que recogería los pececitos, pero recibió una ráfaga que la mató junto a otros tres estudiantes.

Ni tu abuela ni yo lo supimos nada entonces, pero ya lo sabemos gracias al diario de ella y a tu carta, Sergio.

 

 

 

 

 

CAFÉ CON AGUA DE LLUVIA

Publicado en Uncategorized el Febrero 17, 2009 por antanasdrake

 

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Jimmy me ha llamado por teléfono y me ha dado un susto de muerte porque todo el mundo sabe que él nunca llama a nadie, ni siquiera a la gente que lo quiere. “Patricia, tenés que venir porque me estoy yendo” ha dicho con esa su voz de hombre honesto y fiel a su estilo torvo de torero analfabeta me ha colgado de modo casi brutal.  Bajo un cielo encapotado de viernes festivo he llegado media hora después al único café de la ciudad que yo sé él visita cuando quiere algo de ruido urbano para remover los escombros de su soledad. He llegado a la hora en que decenas de funcionarios de uniformes de bancos y bufetes se arremolinan en las gradas para almorzar en el café-terraza donde he viso a Jimmy  clavando la mirada en una revista de la Rolling Stone. Lo he visto con un cigarro en la mano y un café bajo una columnita de humo blanco que él siempre ha dicho que son las hilachas del alma de todos los hombres que él ha sido antes de ser simplemente Jimmy, el chico que hace comedias en el canal público de TV.

Me ha visto con sus ojos color miel y sin levantarse me ha entregado esa sonrisa amarga que sólo le sale cuando se siente derrotado. Lo conozco desde que éramos niños y yo nunca lo he visto derrotado, pero al verlo intuyo su derrota espiritual: la cara se le escurre sobre el mentón, se le pierde entre su pelambre desordenada de rocanrrolero loco por el blues y su campera jeans descolorida parece cubrir a un hombre que poco a poco se va haciendo más pequeño.

-      ¿Cómo es eso de que te vas? No me digás que a la mierda, porque me vuelvo a lo de novio. Me has dado un maldito susto con eso de llamarme…

Sus ojos cambiaron, ahora era como un padre orgulloso de su nena deportista.

-No me hablés de tu novio que sabés que nunca he perdido la esperanza con vos. A vos no te podría decir una frase como “me voy a la mierda”. Ya sabés que pese a mi reputación de indeseable y vulgar, en el fondo… soy un caballero.

Rió sin ganas, como autocompadeciéndose por una broma tan estéril que esta vez no le había sacado esa carcajada tan campestre que había traído de nuestro pueblito rural y que él no se cuidaba de soltar cuando estaba por hacer alguna de sus fechorías.

Me dijo que se iba, que ya no tenía que hacer nada más en la ciudad, que abandonaba todo, que estaba harto, que le dolía mucho…

Le pregunté si era por una mujer y me dijo que él no era tan pendejo como para sufrir por culpa de una mujer.

-Jimmy, te conozco, siempre has sido tres cosas: un genio de la impostura, un egoísta infantil y un cobarde, pero de los machos. Y ahora estás huyendo de algo más grande que vos.

-¿Esas intuiciones violatorias de la intimidad mental masculina las aprenden la chicas que han sido la primera novia de un tipo como yo?… Sí, es una mujer, pero no es una mujer como la morena de ojos verdes con facha de tahitiana y uniforme de funcionaria de banco que está almorzando sola en la mesa de al lado. Esas no me importan. Es LA mujer y me voy de aquí para preservarla de la corrosión de mi presencia.

Pensé que este ya no era Jimmy, este empezaba a tener sentimientos y la verdad es que me desconcertó. Para alivianar la charla le pregunté desde cuando fumaba y me dijo que él no fumaba, pero ella sí. “Son manías suyas que me han parasitado ¿sabes?, sus gustos ahora son míos y siento aquí adentro que es como si siguiera conmigo y no me la puedo sacar”, dijo aún con el cigarrillo en la mano, sin fumarlo. 

La morena con facha de tahitiana me preguntó la hora con una voz de esas que son como sedantes y que jamás pasan por alto en los oídos enfermos de los hombres. Él se le quedó mirando.

-Vos no cambias…

-A esa chica que trabaja en el banco le rompería el corazón. Primero la encantaría y luego cuando me aburriera, simplemente me la sacaría de encima y listo, y empezaría todo de nuevo como siempre, pero a la otra, a la chica del cigarro y de sonrisa deslumbrante no sería capaz de castigarla con mis malditas depresiones y obsesiones, y mi apocalipsis interior que empieza todos los días una y otra vez y me calcina las buenas intenciones y arrastra al abismo de mi fuego autodestructor a todos los que me quieren. Por eso no los llamo. Ella es una chica de genio, de ingenio, de belleza… y yo soy torpe, una bestia que la…que la… la “eso” demasiado como para soportar verle la cara cuando llegue el momento en el que ella aprenda a odiarme como lo hicieron y lo harán todas las demás. Me queda el consuelo de que al menos no maldecirá mi nombre cuando lo recuerde.

El hombre al que yo le había dado mi primer beso cuando niños estaba destruido, pero yo confiaba que fiel a su carácter aquello se le pasaría pronto. Sus lecturas eran su fuerza, eran la musculatura que contenía y canalizaba toda esa increíble violencia interior que emanaba de él sin convertirlo, al menos por el momento, en un peligro para los demás.

Le pregunté qué se llamaba ella y entonces Jimmy dijo: “Yo ya no estoy aquí”. Se levantó, dio dos pasos, le dijo algo a la chica del uniforme bancario, ella sonrió con sus bellos ojos verdes y su ‘boca de caramelo’ y él se sentó con ella e hizo como que yo ya no existía. Así era él. En ese momento acababa de transformarse una vez más en un cazador desalmado y por lo menos ese día sería un poquito feliz. Me levanté y mientras bajaba las escaleras hacia la calle volví a oír esa carcajada suya que era estridente y simpática y me alegré por él y entonces empezó a llover.

Creo que seis meses después lo volví a ver andando por el centro de la ciudad. Me lo encontré de frente, lo vi más pequeño que la última vez, como si algo lo hubiera ido disolviendo, desgastando, comiéndoselo, como si lo hubieran cortado desde los pies. Ya no medía más de un metro con veinte o treinta centímetros. Hice todo lo posible para que no me viera llorarlo, le busqué los ojos para abrazarlo, pero lo que me había dicho aquella vez en el café era cierto. Él ya no estaba aquí. 

 

 

 

 

MOSO

Publicado en Uncategorized el Febrero 9, 2009 por antanasdrake

     

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Soñó con él otra vez en sus noches de pueblo y todo el año de calores de selva estuvo esperando las vacaciones finales de la escuela para ir a la ciudad a husmear en la guía telefónica buscando su nombre y su número para llamarlo. Cada noche de su cumpleaños se quedaba despierto, quería verse crecer, quería ver si se parecía un poquito más al hombre que construía en su memoria sin haberlo visto nunca.

Llegaron las  vacaciones de fin de año, sin mayores consejos de su madre ignorante se montó solo y de 11 años en el ruidoso y tetánico bus interprovincial que en 12 horas de traqueteos e incomodidades lo llevó a esa ciudad ordinaria que lo maravillaba tanto.

Al segundo día de estar en la casa de su tía favorita cogió el librote de la guía de teléfonos, buscó con algo de dificultad el  nombre: Waldo Paredes Rivas…Se anotó el número en la mano que empezaba a sudar de nervios y con la excusa de ir a comprar un helado a la tienda de la esquina, de shores y chinelas, salió de la casa de la tía favorita rumbo al primer teléfono público que encuentre a mano… Con su ingenuidad de 11 años se sintió mal por la mentira, pero igual salió sin armas a la ciudad maravillosa y sucia, al ruido de motores y al calor del pavimento, hasta que frente al parque zoológico se encontró con la máquina mágica que lo haría escuchar por primera vez la voz tan añorada de aquel hombre sin rostro que había construido mil veces y al azar en su cabeza.

Marcó, un tono, dos tonos, tres tonos, no van a contestar, cuatro tonos, hasta que alguien levantó el auricular del otro lado.

-¿Aló?

-¿El señor Waldo Paredes Rivas, el que trabaja en la planta cerámica y tuvo una esposa que se llamaba Dalia?

-… Sí, ¿que quiere?

-Hola, yo soy Mosito Paredes… su hijo…

-Yo no tengo hijos.

Y colgó…

LA MANO

Publicado en Uncategorized el Febrero 6, 2009 por antanasdrake

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Cerré el puño izquierdo, puse el dedo gordo bajo el índice, levanté esa mano a la altura de mi cara, miré mi puño cerrado de perfil y cuando moví de abajo hacia arriba el dedo gordo que tenía flexionado, mi mano empezó a hablar con movimiento de boca desdentada de alguien tan viejo que ya estaba fuera de este tiempo.

Le dije que una fuerza más grande que la de mi propio ser me jalaba hacia abajo como para aplastarme contra el suelo, con tal violencia interior e invisible, que me hería el cuerpo con mordidas de perro y me devastaba casi con odio femenino las ganas de levantarme por mañana. Le pregunté qué hacer y la boca en mi mano me dijo. Lo hice y la mano siguió hablando sobre todas las cosas que eran inservibles en la vida de los hombres, pero a medida que pasaba el tiempo, el movimiento de su mentón-dedo gordo al hablar me causaba más dolor hasta que se me fue poniendo blanca y fría, lívida como un niño muerto, y finalmente mi dedo gordo cayó de debajo del índice y la boca en mi mano quedó desmesuradamente abierta como si alguien le hubiera roto el lado izquierdo de su hipotética mandíbula  con un gran puñal invisible.  Entonces mi mano empezó a desaparecer ante mis ojos y después empezó a desaparecer el cuarto en penumbras con libros y ropa desordenada y colillas de cigarros en el suelo sucio, y botellas vacías y cartas de amor y una revista porno, y un calzón de mi lejana última novia y el mundo todo también desapareció como si alguien hubiera apagado la luz, hasta que de una patada tumbaron la puerta y entre el escándalo de mis vecinos me trajeron aquí y me vendaron y se reanudaron los sermones de mamá de que necesito volver al psiquiatra para poder estudiar o buscar y mantener un trabajo y yo venciendo mi indiferencia hacia ella y hacia mi invisible abuela fascista le dije que no, que no necesito nada, que lo que quiero es que me dejen solo para que mi mano vuelva a hablar conmigo, porque todo lo que dicen los demás es pura mierda.   

¿Y MAÑANA GABRIEL?

Publicado en RELATOS CON BRAZO FRIO el Febrero 1, 2009 por antanasdrake

 Seis caballos moros derribaron las altas puertas blindadas de la mansión antigua en un desmadre de goznes oxidados y telarañas indescifrables cargadas de historias de aparecidos y de amaneceres de gallos asesinados cuyos cantos siniestros seguimos oyendo con el paso de los siglos. Del agujero negro que delataba con su vaho a podrido la presencia de las tripas del mal, percibimos un polvillo tenue que flotaba como un fantasma sobre la corriente de río de las últimas horas de esa tarde. gabrielgarciamarquez1

Percibimos como una fiesta en el aire, el néctar dulce proveniente de los rosales de piedra que envolvían en sus brazos de amante olvidada a los muebles antiguos cubiertos con sabanas de seda blanca. Vimos el ámbito gris del palacio revelado, envuelto, cauteloso y terrible, por una oscuridad de muerte que aplastaba como un pájaro a las fuentes de alabastro añil y a la estatua de tamaño natural de una Minerva derrotada y mutilada en el costado por una espada que el tiempo se había llevado.

Vimos bajo ese aire de calamidad el encanto de los rosales eternos que con su aroma a muerto viejo cubrían la historia del mundo a paso lento, con el denuedo cabal de un geométrico y la paciencia infernal de un gato al acecho. Conforme pasaban los segundos, el espectro del tiempo atrapado en esas paredes seguía cubriendo ante nuestros ojos las baldosas rotas por el impulso vegetal de formidables raíces de abeto. Entre las telarañas grises y capitanas soberbias de metal que crecían bajo los muebles franceses del siglo XV encontramos armaduras abandonadas de conquistadores remotos que habían rendido su alma al genio de la botella que sabíamos seguía deambulando por la desolación incierta de los pasillos de la derrota encerrada en ese palacio que profanábamos con nuestro silencio. Mientras marchábamos con paso indeciso entre el polvo eterno y la hierba voraz del salón de los espejos, encontramos el retrato de leyenda que había pertenecido a Margarita de Anjou, la amada ausente de dos mil años de muerta que aún vivía en el corazón del genio de la botella. Nos vimos retratados en esos grandes ojos de gente como si fueran un espejo, nos sentimos observados hasta la médula por el alma hecha pintura en el cuadro de Margarita de Anjou; nos sentimos descubiertos como ladrones y sentimos en el alma como si un gran animal estuviera esperando en la oscuridad el momento de atacarnos. Y el aire se volvió rígido por ese aliento a vejez que provenía del cuadro de Margarita de Anjou y nos aceleró el corazón con sus palpitaciones de gozo, y nos subió la temperatura con el rubor de sus mejillas pálidas y su pulso helado de mujer necesitada nos aturdió de pronto con un olor insoportable a canela y a jazmines podridos que nos hizo volver sobre nuestros pasos hacia la puerta tallada por donde habíamos entrado buscando al genio de la botella que tantas veces nos había observado en silencio tras su ventana inexpugnable.

Dijimos. “Hoy nos despediremos del genio de la botella”, y volvimos a marchar hacia delante pisando nuestras huellas sobre el polvo de la piedra. Alumbrados con bujías tenues descendimos por galerías oscuras que guardaban grabadas en sus paredes de piedra y cal el sonido antiquísimo del mar perdido que el enemigo había cargado con baldes sobre ferrocarriles y se lo había llevado a otra parte. Con linternas a gas que nos dibujaban contra la pared con formas móviles de bestias de aquelarre descendimos aún más por pasillos subterráneos donde en los tiempos de la colonia se añejaban los vinos de la corte entre herramientas toledanas de tortura inquisidora y caballerizas desoladas donde sólo crecían hongos de sombrero y musgos de venenos. Vimos con asombro adosados en las paredes lúgubres de las catacumbas a los héroes perdidos de este país sin historia, los vimos flotando en estanques de cristal con su rostro sombrío y sus manos de promesas sometidas con cadenas; los remojándose en aguas de salmuera con aceitunas pasadas como atunes vestidos de libertadores al vinagre; como zapatos flotando en un río, como un gato negro bajo la lluvia. Subimos por escaleras de caracol castigadas por la humedad perpetua que se hacía terrones de óxido al beber el polvo fosforescente en el que se transformaba el tiempo muerto y llegamos sorteando escombros y retratos arruinados por las polillas a las habitaciones del heredero. Ahí encontramos macetas antiguas montadas por bonsáis decrépitos que se doblaban implacables bajo su propio peso, vimos los brocados de la cama señorial enchapados en plata quemada como los catafalcos de difuntos, mientras que del techo grabado con un cielo nocturno artificial, pendía de una media de mujer, una sirena desnuda que cantaba moribunda canciones de cuna que a unos nos hizo dormir bajo su hechizo de ninfa condenada y a otros nos volvió locos de culpa por haberla hecho esperarnos tanto sollozante y helada sobre la roca en el puerto de Copenhague. Pero a unos cuantos no nos hizo nada porque carecíamos de amor en el pecho y de esperanza en el corazón, y removimos sobre nuestras cabezas el aire de pesadumbre cuando descorrimos las cortinas bordadas con imágenes de soldados troyanos para que el mundo sepa dónde estábamos, para que el mundo sepa que habíamos profanado con éxito la última frontera donde habitaba el misterio del genio de la botella. Ni bien la luz tenue del atardecer marrón atravesó los alfeizares de la historia, los doseles bordados de tafetán azul se deshilacharon en polvos de termitas al romper su eternidad, su quietud de siglos; y chorros de luz entraron con rabia inundando aquel reino que se le había arrebatado hacía tanto. Entonces ocurrió que en un crujir de huesos como de dinosaurios, en espasmos secos de la tierra bajo nuestras plantas, las paredes grabadas con miramelindos y gobelinos turcos perdieron su encanto desvaneciéndose en el aire con sus adornos y colores, como si hubiesen sido una alucinación suspendida en el tiempo, como un espejismo en el centro del desierto aniquilado por el agua que traía en sus rayos la claridad que acababa de llenar aquel ámbito. Y la cama imperial cubierta de terciopelo y vacía de cuerpos y promesas hacia tanto, se desguazó sobre sus patas en un crujido letal bajo la araña de cristal que también se desplomó del techo en un regadero de perlas de colores y figurines de oro. Y tras la polvareda final de una vida agitada, los pocos que quedamos, vimos que de la soberbia cama imperial que en otro tiempo había tenido edredones de pluma de ganso que se tornaban frescos en el calor y cálidos en el invierno, y cabeceras de esponjas almizcladas con albahacas de la mañana; vimos que de todo eso sólo quedó una cama de arrabal en astillas cuyo colchón único yacía cargado de cáscaras secas de huevos y piojillos invisibles de gallinas del pasado. Y la cal del techo con incrustaciones de diamante se empezó a desmigajar y los cimientos de la mansión antigua empezaron a ceder a los estertores de su propia perdición, de su propia vejez. La sirena colgada en el techo con una media de mujer quiso cantar de miedo pero sin fuerzas y sin alma, y la viga que la sostenía se vino abajo con la pared toda en un estrépito de escamas reventadas y lamentos horribles que salían de una boca que desde los tiempos de Ulises sólo había sabido cantar esperando que con el agua de su propia virtud, pudiese alivianar sus llagas y olvidar sus piernas que se fueron una vez tras un hombre al que ella llamó para sus adentros de sirena muda: amor de mi amor. Las tejas de musgo cuajadas de jaramagos de la mansión profanada se empezaron a desmoronar en un paroxismo de gatos desorientados que se arrojaban en masa sobre la calle de polvo donde los menos valientes los reventaban a palos y los mendigos del hospital de pobres los cazaban con alabardas larguísimas para el cocido nocturno de la olla común en medio calle de las almas. Sentimos a nuestro alrededor que la muerte se había despertado de su dulce sueño de bebé y que estaba cerca, la olimos en el sabor rancio de nuestras lenguas y la repulsión y el miedo que nos inspiraba nos hizo bajar en desbande por la escalera de caracol arrancando a nuestro paso tapices sefarditas y canteros de porcelana con las ramas secas de lo que habían sido magnolias de Persia; flores secas nada más en nuestra huida de cuadros rotos y paredes que se movían como respirando, cayéndose a pedazos para abajo y arriba, cayendo en horizontal y en vertical, destrozando pianos blancos y balcones interiores de lo que había sido el salón de los bailes. De ese mundo vedado para nosotros hasta ese día de valor y osadía, sólo nos quedó el silencio y frente a nuestros ojos atónitos de tanta mala vida, contemplamos asombrados los escombros de piedra de aquella casa que había estado ahí siglos antes que nosotros y que ahora se había desplomado sin ceremonias ni reticencias que hubieran sido dignas de semejante muerte por decisión propia, por el orgullo de una dama vieja que guardaba o resguardaba a los ojos del mundo su honra de tiempo y grandeza; porque todos sabíamos que aquella casa se moría porque le daba la gana. Contemplamos el silencio de sepulcro y las nubes de moscardones y polvo que cubrían los escombros de aquella fortaleza que había resistido cargas de lombardas y tornados, que se había mantenido firme en su trono cuando todo el pueblo estaba reducido al polvo en los terremotos frecuentes o en las erupciones feroces de los volcanes camino al infierno, cuya lava negra había servido de cimiento a la mansión. Eso allá, en el principio de la historia, de los tiempos. Eso había sido la mansión antigua, una estatua al poder y al cadáver del tiempo que flotaba entre nosotros en forma de aire; un capricho de alguien más grande que nos miraba tras el cristal mágico de su castillo suspendido en el lado oscuro de la luna. Cuando la noche nos llegó en sorbos de medicina, vimos que un cierzo de polo se llevó de golpe las nubes de moscardones y polvo que hasta entonces nos habían negado el paisaje de la desolación después de la casa. Sobre los escombros de piedra y tejas de barro cocido, vimos la figura inquebrantable del ser inmortal que nos había enseñado la vida con su boca de adivino y con su verbo nos había arrastrado por los mares y desiertos y senderos, y montanas y ciénagas infinitas del mundo sin cogernos de la mano. Lo vimos lívido y todopoderoso, lo vimos ausente y le gritamos padre; lo vimos muerto sobre su trono de gloria y murmuramos: maestro. Y antes de que la tramontana, que llegaba arrancando árboles y volcando ríos patas arriba, se lo llevara en un remolino hacia los limbos de la eternidad; aquella figura de sal sobre el trono de nuestra peor belleza resucitó de entre los muertos y nos extendió su mano de maestro y entre los truenos de tormenta que incendiaban el cielo y partían a la tierra que no paraba de temblar; apenas entre arpas de arcángeles que preludiaban el final de los tiempos y liras griegas que nos invitaban al sueño perpetuo; le escuchamos al genio de la botella frases sueltas que no entendimos porque el viento se llevaba sus notas y seguimos oyendo guitarras que cantaban al amor y acordeones que se aferraban a la melancolía y aguzamos el oído y finalmente alcanzamos a escuchar: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento”. Y entonces se fué para siempre de nosotros y de este mundo, y los que sobrevivimos a su partida definitiva nos quedamos con el cuerpo lleno de una soledad más grande que la propia muerte y fue entonces que nos empezaron a crecer sobre el cuerpo estas flores de tristeza.

Santa Cruz de la Sierra; Martes 17 de julio del 2001.